Disculpas, participación y permisos

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Se puede mencionar este blog, sólo si es con fines informativos y literarios. Si deseas podemos hacer un intercambio de difusión en los links, para promover nuestro trabajo. Saludos


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miércoles, 25 de junio de 2008

La estructura del beso


La estructura de un beso es la dilación del tiempo,

es el rito,

es la sujeción del alma,

humedecer las entrañas,

hacer la carne blanda.

La estructura de un beso es el preámbulo al ansia de morir,

de ganas,

de lujuria,

de deseo,

es sentirse libremente preso...

viernes, 20 de junio de 2008

Fragmento del 1er capítulo de campaña de prevención VIH-SIDA


Op. Entra Música [identificación de campaña] a P/p y bajas a fondo.
Entra Locutor institucional.
Loc Inst.
Esta es una producción de Visión Mundial de México, A.C. con el fin de crear conciencia sobre uno de los problemas que aqueja tu comunidad: El contagio del Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH) y su sintomatología el SIDA.

Lo que escucharás a continuación son historias verdaderas que suceden con frecuencia en cualquier comunidad de la República Mexicana.

Los nombres de los personajes han sido cambiados por el respeto que nos merece cada una de las personas involucradas en la Trama.
Op. Sube Música a P/p y mantienes para hacer cross con música de historia.
Op. Efectos de ambiente a P/p. Va a fondo. Entra Loc.
Loc. Inst.- Carlos camina por alguna vereda mientras recuerda aquel día saliendo de la escuela…
Carlos (Voz de joven como de 17 años, gritando).- ¡María, María! ¡Espera, por favor!

María (voz de mujer joven como de 15 años).- ¿Sí?

Carlos (agitado).- ¡Hola!

María.- ¡Hola, Carlos!
[Silencio]

María.- ¿Qué quieres? Acaso me detienes para quedarte callado. Perdón, pero llevo un poco de prisa.

Carlos (nervioso).- Es que… es que… (Rápido) ¡Quiero ver si me permites acompañarte a tu casa!

María.- ¡Y ora tú! ¡De veras que estás raro! Si siempre nos vamos juntos…

Carlos.- Es que hoy es un día especial, muy especial…

Loc. Inst.- Los detalles de esa tarde se agolpan en la memoria de Carlos, el olor de la hierba inundando cada ladera, al sol traspasando con sus rayos el follaje de los árboles y despuntando cual cristales sobre el rostro de María.
Op. Se oyen pasos que se detienen
Loc. Inst.- Carlos se detiene y…

Carlos (ansioso).- ¡María!

María.- Mande…

Carlos (sorprendido).- ¡De verdad que te ves hermosa!

María.- ¡No seas payaso!

Carlos (tierno).- Sí, eres muy bonita y pues (pausado) yo quería decirte…

María (juguetona).- Eso quiere decir que ya no me vas a decir…

Carlos.- ¡No!

María.- ¿No?

Carlos.- ¡No me confundas! (decidido) ¡Quiero que seas mi novia!

María.- ¡Por fin! ¡Hasta que te decidiste!

Carlos.- Eso quiere decir…
Op. Se oye un beso
Loc. Inst.- Carlos siempre recuerda con ternura ese día en que comenzó su noviazgo con María. De eso hace ya dos años. Se sienta junto al árbol que divide el camino, esta sumido en sus pensamientos. Cuando…

Francisco.- Hola, Carlos.

Carlos (desganado).- Hola, Francisco.

Francisco.- ¿Sucede algo? Te ves desganado y triste.

Carlos.- No es nada, a lo mejor y tanto calor me abochorna.

Francisco.- En serio, si en algo puedo ayudarte, ¡sabes que puedes contar conmigo! Sea lo que sea. Somos amigos, ¿o no?

Carlos.- Desde chavales.

Francisco.- Sí, tú siempre en problemas y yo tratando de ayudarte (ríe).

Carlos.- Cierto. (Preocupado) Tú, ¿qué sabes del VIH y el SIDA?

Francisco.- No mucho pero, ¿por qué la pregunta?

Carlos.- Pues como sabes María y yo somos novios, y la verdad estoy muy enamorado de ella y…

Francisco.- De seguro te quieres casar con ella.

Carlos.- ¡Pues sí!

Francisco.- ¿Y eso que tiene que ver con el SIDA?

Carlos.- Tú mejor que nadie sabe…

Francisco.- ¿Yo?

Carlos.- ¡No te hagas! Acuérdate de nuestros días de parranda, aquí cerca, por la cañada…

Francisco.- ¡Cómo no me voy a acordar! Si por esos días (pícaro) fue cuando te iniciaste en los caminos del amor…

Carlos.- Pues eso, eso mero las relaciones sexuales que tuvimos con aquellas muchachas no eran por amor, ¡sólo placer y curiosidad!

Francisco.- ¡Fueron calaveradas de chavales!

Carlos.- Sí, pues esas calaveradas me tienen con el alma en un hilo.

Francisco.- No te entiendo.

Carlos.- ¡Sí, a aquellas muchachas no las quería y a María la amo!

Francisco.- Sigo sin entenderte.

Carlos.- Aquellas veces, tuve relaciones sexuales sin utilizar condón

miércoles, 4 de junio de 2008

Esbozo



Aparece,
cada noche,
en la espiral del deseo,
en el laberinto de la piel,
de todo aquello que vivo
y que no veo.

Aparece en el silencio,
en la bocanada,
tras el vacío de la despedida,
en lo repleto de la nada,
tras la muerte de un beso,
y la vida entre tus labios encerrada.

Aparece,
el esbozo de la pareja que somos en mi mente.

lunes, 26 de mayo de 2008

Telegrama corto



(comillas) Cada loco con su tema (se cierran comillas) (punto y aparte)


(puntos suspensivos) Impredecible (punto y aparte)


Yo (puntos suspensivos) Loco (punto y aparte)


El amor (puntos suspensivos) Sin rumbo (punto y aparte)


(se abre admiración) Bonito triángulo amoroso (se cierra admiración)


Lástima de bobos (punto y aparte)

Atentamente
Uno de los bobos
(punto final))

martes, 20 de mayo de 2008

La venida del Señor


— Buenas tardes amables pasajeros, tengo 33 años y estoy muriendo de cáncer —dice levantándose su playera roja— llevo tres días sin comer y aún no he podido tomar agua, donde vivo no hay agua.
Golpea su vientre con la palma de la mano. Suena al sonido de los huesos, sin piel, que chocan bélicos y vencidos por la lucha por la vida. Su torso es una marimba con pellejo sucio. Las escaras de la mugre se confunden con los tonos marrones de una epidermis enferma.

Son las 2:30 pm. y el metro se mueve llevando a cada usuario a su porvenir, pareciera que existe una estación destino cual dulce envoltura de la cotidianidad de todos los que habitan ésta ciudad de sueños despejados y de la desesperanza.

— Próxima estación: Colegio Militar.
Se escucha por la bocina de los nuevos trenes. Estos vagones de calidad de importación [son franceses y españoles] llevan en sus costillas de metal a estudiantes, abuelitos, amas de casa y alguno que otro valiente que decide afrontar el reto de la rutina: desgastarse físicamente por unas cuantas monedas y venderse al mejor postor con tal de tragar.

— Si alguno de ustedes trae un bote con agua y ya no se la va a tomar, ¡no la tire! Con gusto yo puedo tomarla.
Las palabras caen de su boca con letras desiertas y desgastadas, secas. Tiene los labios blancos y la saliva espesa. Se recoge su larga cabellera con la mano sucia mientras con la otra se abraza a un tubo de en medio del vagón.

— La verdad yo no sé robar. Lo he intentado y lo único que he podido hurtar son las palabras que me mantienen vivo— entreteje aire en su pecho y alza la voz— esas palabras no son mías, son los cristales opacos y traslucidos que alguien con mejor cabeza dejó caer sobre una hoja en blanco.
Recita:
Igual que los cangrejos heridos
que dejan sus propias tenazas sobre la arena,
así me desprendo de mis deseos,
muerdo y corto mis brazos,
podo mis días,
derribo mi esperanza,
me arruino.
Estoy a punto de llorar.”


Lupita, una anciana con suaves vetas en la piel suspira y no le quita la vista de encima. Clarito se le ven los recuerdos agolpados en los ojos, a punto de estallar y reventar licuados con el dolor de una vida estéril, de sueños olvidados y deseos apagados en la soledad de su cuarto. Tuvo cuatro hijos que hoy no ven por ella. Tuvo cuatro hijos y jamás conoció un orgasmo.

Él se balancea de tubo en tubo, entre los asientos de crudo acero, limpiando con su vieja playera roja las huellas de todos los que pasan por ahí. Llega al extremo de un vagón.

— Próxima estación: Normal.
Se escucha por una bocina de los nuevos trenes.

Impone el sentimiento en su voz y recita:
“¿En dónde me perdí, en qué momento
vine a habitar mi casa,
tan parecido a mí que hasta mis hijos me toman por su
padre
y mi mujer me dice las palabras acostumbradas
?”

Jaime sucumbe desparramado en su asiento. Hace años que no siente amor por su mujer, ya no le inspiran sus curvas ni sus grandes nalgas ni sus tetas abultadas, ahora caídas por la gravedad de aquella vida de rutina y costumbre apelmazada con las obligaciones que nunca quiso contraer. La existencia de sus dos hijos, de cinco y diez años, le recuerdan a diario el destierro de su más grande sueño: ser veterinario.
Día a día, Jaime, trabaja de obrero y rola turnos. Sabe que cuando trabaja en la noche su mujer abre la puerta y sus piernas a Carlitos, el hijo de 16 años de la vecina del nueve. A Jaime le vale madres, lo tolera porque con eso evita montar a su esposa.

— Próxima estación: San Cosme.
Se escucha por otra bocina de los nuevos trenes.

Pegado a la puerta, se amasa el sarro de los dientes dando forma a sus ideas. Recita fuerte y rítmico:
Me recojo a pedazos,
a trechos en el basurero de la memoria,
y trato de reconstruirme,
de hacerme como mi imagen.
¡Ay, nada queda!
Se me caen de la mano los platos rotos,
las patas de las sillas, los calzones usados,
los huesos que desenterré
y los retratos en que se ven amores y fantasmas.

¡Apiádate de mí!
Quiero pedir piedad a alguien.
Voy a pedir perdón al primero que encuentre.
Soy una piedra que rueda
porque la noche está inclinada y o se le ve el fin
.”

Heriberto se adhiere al piso del vagón y la memoria le hace ver como sus sueños se desmoronan, desgajándose cual yermo aplanado en una pared vieja de adoquines ocres humedecidos. Siente el peso de su falsa promesa, a sus años, no es alguien ni tiene nada que ofrecer, lo peor es que ni a él mismo. La envidia lo corroe lacerando su mullido cerebro. Siempre quiso hacer poesías como Sabines, tener muchos libros publicados y vivir de sus letras. En este día siente la L sobre su frente: va camino a un trabajo que necesita para pagar sus deudas, pero que nunca lo llenará.
Heriberto, se repliega en su interior buscando la razón por la cual su vida no es como siempre la soñó. Dejó la universidad, sigue siendo el mismo buey abrazado a la quimera de vivir del R&R. Pareciera que su vida es la eterna imposibilidad del ser. Quisiera hincarse y pedir perdón por algo que hizo y le ha acarreado tal karma. Siente la vacuidad en su sangre y desearía encontrar a Dios para pedirle una oportunidad de ser feliz, muy feliz; tanto como para sentir mariposas en su cuerpo. Está hasta el moco de ésta puta realidad de mierda. A veces ser autosuficiente lo sería todo. Ser escritor y llevar el pan a la mesa con el sudor de sus letras. Pero no, él no es alguien, parece el sueño loco del personaje de alguno de sus escritos:
— ¡Mierda! —dice aferrado al piso del tren que lo lleva a derrumbarse en su castillo de sal que él mismo inventó para huir de este mundo— ¡esta vida es una mierda!

— Próxima estación: Revolución.
Se escucha por otra bocina de los nuevos trenes.

Con su larga cabellera enredada a sus palabras, se deja caer en hinojos, retorciendo con fuerza su playera roja mientras una mueca de dolor asoma en su cara. Con voz apagada recita:
Me duele el estómago y el alma
y todo mi cuerpo está esperando con miedo
que una mano bondadosa me eche una sábana encima
.”

Comienza a babear cerca del piso. Heriberto se acerca. Lo ayuda a levantarse. Saca de su morral un envase con agua y lo deposita en las manos de aquel pobre canceroso que toma agua desesperado. Cierra la botella y con un gesto de amabilidad toma por el hombro a Heriberto:

— Gracias hermano —dice fuerte y claro— ¡bendito aquel que da de beber al sediento porque de él es el reino de los cielos!
Se aferra al pasamano y un suave resplandor ilumina su cara:

— Yo soy Jesús Cristo y he venido a traer un mensaje de amor. Ésta es la última venida del Señor. Yo soy aquel que te librará del tedio y del yugo de ti mismo – levanta la mano con el índice encendido en flama— por mí hablaron los profetas y trajeron el primer mensaje: “Ámense los unos a los otros como yo os he amado”.

— ¡Estás loco! —grita un fulano de tal escondido en el anonimato—.

— Yo soy Jesús Cristo y he venido a hacer la revolución, soy el hijo de Dios que comparte la pobreza de su pueblo: México. He venido a compartir el sufrimiento de los humildes por amor. Traigo el mensaje para el fin del mundo, el Apocalipsis ya está aquí, hoy y ahora. ¡Benditos los que vibran al ritmo del planeta! ¡Bendito mi pueblo! ¡Benditos los mexicanos!

— ¡Crucifíquenle! —vocifera el mismo fulano—.

— ¡Bendito el que reniega del Señor porque ejerce su libre albedrío! ¡De él es el reino de Dios! La razón es el arma más poderosa y la bondad adelgaza las dificultades. Por eso estoy en México, nací en este hermoso país porque en el hay gente buena y llena de gozo: ángeles caídos, fénix resucitados de sus cenizas. Nací mexicano de tierras llanas y bajíos, de serpientes sierra y águila en su nido. Vengo del agua a traer un nuevo evangelio: ama a un hermano o hermana como a ti mismo, sólo por un día y al día siguiente has igual. Comparte el pan, ama los defectos de aquel que viaja a tu lado por los senderos de la vida.

— Próxima estación: Hidalgo.
Se escucha por aquella bocina de los nuevos trenes.

— ¡Crucifíquenle! ¡Póngale su corona de espinas!

— ¡Ya cállate cabrón! —grita emputadísima una señora— si se cree Dios cuál es el pedo, no te hace ningún mal.

— ¡Crucifíquenle y píquenle el costado!

— ¡Qué cierres el hocico! —dice una abuelita con las lágrimas vivas en los ojos—.

— Mamá, ¿él es Dios? —susurra una niña— ¿por qué no está en la iglesia?
— Porque Dios está en todas partes.
— ¡Voy! Hasta en el metro —arremeda la niña en tono de sorpresa rosa como su vestido—.

— Soy Jesús Cristo y estoy muriendo de cáncer, vivo en un registro de luz de la Alameda Central. Dejo que los niños vengan a mí. Ahí nunca hay nada, ni comida ni agua, sólo amor. Soy Jesús Cristo, mexicano de nacimiento y estoy muriendo de cáncer, siento que mi estómago desaparece, mi cuerpo espera con miedo el momento de mi pasión.

Abre los brazos en señal de su cruci - ficción mientras el fulano de tal se acerca vestido de blanco y sin más le arrea una bola de chingadazos mientras grita: “¡Cállate, cabrón, cállate!”. Unos muchachos se unen al fulano de tal y entre puñetazos y patadas. Lo bañan en sangre.

— Próxima estación: Bellas Artes.
Se escucha como una llamada desde el cielo.

— ¡Déjenlo! ¡Déjenlo! —desesperadas varias mujeres gritan— ¡lo van a matar!

— Llegó el Apocalipsis, el fin del mundo… Yo soy Jesús Cristo— levanta la voz desesperado sin cubrir su cuerpo—.

Heriberto abre los ojos y se da cuenta que Jesús Cristo con su envase de agua baja del vagón para desaparecer entre la multitud. El metro arranca. Pensativo se dice:

— Me cae que cada quien lleva su Apocalipsis en la cabeza. ¡Qué pendejo tenía que bajar en Bellas Artes!
Sonríe. Al menos ya sacó tema para “La cucharita del crack”

viernes, 16 de mayo de 2008

Visión


Hace años
levanté
los ojos y vi
como cuerpos femeninos
y
masculinos
hacían el amor
en el universo.

¡Se veían
tan gozosos!

Levitaban
a la vez
que se decían palabras de amor.

Era
algo raro
verlos brincar
al filo de la luna
acariciándose
risueños,
orgiásticos.
De cada roce
salían chispas
que se convertían
en estrellas
de cada penetración
un cometa.

Dejaban
el olor del sexo
entre el rocío
de la fresca
noche,
volaban abrazados
dando giros,
haciendo espirales.

Impregnaban
su dependencia
en la quietud
de la alta madrugada.

¡Eran tan felices!
Podía escuchar
sus risas juguetonas
provocando al eco.
Y al mar
vi crecer
para alcanzar
algún polvo
de pasividad.

Eso fue hace tiempo
cuando todavía
había
cuerpos
en el firmamento...

martes, 6 de mayo de 2008

Llamadas del caos

* 777-77-77. ¡Ringg!
- ¿Bueno?
- Disculpe, ¿está Dios?
- En este momento está en una junta.
- Es urgente.
- Lo siento, pidió no ser molestado.
- ¿Qué hace?
- Planea otro mundo dónde no exista el hombre

* 222-22-22. ¡Ringg!
- Hola.
- Hola.
- Te amo.
- Yo también.
- Te extraño.
- Yo también.
- Lo eres todo para mi.
- Igual tú para mi.
- Te deseo.
- Yo también.
- Besos, amor.
- Mil más.
- Nos vemos.
- Al rato.
- ¡Chao!
- ¡Adiós!

* 999-99-99. ¡Ringg!
- Buenas noches, ¿disculpe se encuentra...? ¿Eres tú?
- Sí, ella habla.
- ¿Cómo has estado?
- Bien. ¿Tú?
- Existo ¿Sigues escribiendo?
- No he escrito últimamente, desde hace unos años.
- ¿Tus seres de sueño?
- En mi mundo color rosa.
- ¿Sabes? He intentado convertirme en ángel.
- ¿Y...?
- Te estoy hablando desde mi paraíso negro.

* 333-33-33. ¡Ringg!
- ¿Bueno?
- Comuníqueme con Dios hijo.
- ¿De parte de quién?
- De Dios padre.
- Un segundo por favor.
- Hola Padre en qué puedo servirte.
- Sabes Hijo, he estado pensando en destruir la creación.
- ¿Porqué?
- He estado viendo la tele y los hombres están densos. ¡Me tienen harto!
- Creo que es un malestar normal.
- ¿A qué te refieres?
- Es como si vieras el espejo. ¿No los hiciste a tu imagen y semejanza?
Al otro día voló una paloma anunciando el suicidio de Dios padre.

* 111-11-11. ¡Ringg!
- ¿Disculpe se encuentra xy?
- Sí, él habla.
- Habla xx.
- ¿Quién?
- Creo que no te acuerdas de mí. Soy una compañera del trabajo, ¿recuerdas el brindis de fin de año?
- Por supuesto, ¡qué bien la pasamos!
- Hablo para decirte que mi pareja me contagió de SIDA. Lo más probable es que tú lo tengas. ¡Suerte!
- ¿Qué?
- ¡Lo siento!
- Espera...

* 555-55-55. ¡Ringg!
- Estoy excitado.
- ...
- Necesito estar entre tus nalgas, lamer tus senos y la grieta húmeda acariciante.
- ...
- ¿Estás ahí?
- ...
- ¡Te dormiste otra vez en el teléfono!

* 666-66-66. ¡Ringg!
- ¿Esta Luzbel?
- Yo soy.
- Te extraño.
Me haces falta para complementarme.
- ¿Quién habla?
- Lamento haberte arrojado del paraíso.

* 444-44-44. ¡Ringg!
- Por favor con Van Gogh.
- Sin lóbulo pero yo soy.
- Hablaba para decirle que yo si hubiera comprado sus cuadros.
- ¡No puede ser otro crítico mamón!

* 888-88-88. ¡Ringg!
- Blanca Nieves, ¿eres tú?
- Sí.
- ¿Podemos ir esta noche?
- Sí, el Príncipe salió de viaje. Vengan los siete. Tenemos dos días para los ocho solos.


lunes, 28 de abril de 2008

La caja que queda después de la caída de la luna





Origen


Una espera
la suma suelta.


Anhelo de madrugada
tu, desnuda sobre la almohada.
Y en mi asiduo despertar
me torno serenidad
esperar es origen de nuestra eternidad.

jueves, 24 de abril de 2008

El grito (Egomanías y la Llantitos)




— ¡A la chingada! —grita Ego mientras se balancea peligrosamente en la orilla de la azotea de Palacio Nacional esa mañana fría del 31 de agosto. El viento sopla. Deshace el peinado y ondula la bandera del zócalo, la sacude al igual que las ideas del hombre de traje que está en la cornisa.

— ¡Somos muertos! —piensa Ego en el límite— ¡apestamos! Vivimos en la red del inframundo que se teje entre edificios y avenidas —la corbata le golpea la cara repetidas veces— somos muertos con hambre de nuestros restos. ¿Cuántos latidos formaron en miles de años esta ciudad dónde se cantaba a la libertad y a la belleza? ¿Quedó algún sollozo de la armonía? ¿Quién manipula las esperanzas de un pueblo en beneficio propio? No lo sé...

Por primera vez en este sexenio la vista del primer cuadro del Distrito Federal se le hace algo placentero. Justo encima del balcón presidencial la perspectiva es excelente, el sincretismo de lo prehispánico—colonial y lo urbano es una de las siete maravillas de la época postmoderna, se lo dicen la Catedral, el Templo Mayor y la punta de la Torre Latinoamericana que con grandes números le hace saber que son las diez de la mañana.

A esta hora debería de estar trabajando en la oficina sobre la redacción y contenido del informe presidencial, es un alivio no tener que disfrazar los problemas del México de los muertos, que como él, viven al día entre lamentos por la polución, la crisis y una situación extrema que en algunas partes de la provincia se deja sentir con levantamientos armados por el cúmulo de injusticias, hambre, opresión, miseria e intereses creados, deshumanizados.
Por eso estamos muertos— exclama dentro de sus divagaciones— hemos perdido la conciencia de exigir nuestros mínimos derechos en una “tierra bárbara”, como la denominó Kenneth Turner en el año de 1911. La espiral concéntrica de la historia está reproduciendo las causales de la primera revolución del siglo veinte pero con la influencia de las tendencias globalizadoras— el cuasi suicida se encabrita, la corbata le hace palmadas en las mejillas por el viento— según Turner los mexicanos comenzaríamos una lucha en favor de la democracia gracias al paternalismo de un gobierno que no tenía contrincante en las elecciones y se reelegía en una dictadura. El Pueblo de fin de milenio lucha contra una democracia unipartidista. A principios de 1900 se sufría una esclavitud física y gracias a la modernidad heredamos de la intervención norteamericana la dependencia económica, somos esclavos de los valores. Algo sigue constante: México tiene una Constitución y leyes justas pero una población ignorante de sus derechos.

Los clásicos curiosos se aglomeran frente a la entrada del edificio, observan con detenimiento a un tipo de traje oscuro que tratando de mantener el equilibrio hace aspavientos:

— ¡Un loco!— alguien grita.
— Está limpiando la fachada.
— ¡Qué güey eres, va a brincar!— comentan dos “aguacates” de cualquier secundaria pública.
— ¡Virgen de Guadalupe!— se persigna una abuelita.
Un policía militar corre hacia adentro para dar aviso mientras otros van con dirección a la puerta para evitar cualquier tipo de desmanes.

Ajeno a esto, Ego se abstrae aún más:
— Todo en esta vida se repite, es bueno luchar por nuestras garantías pero no con violencia. Lo último que necesita este país es una revolución armada. Desearía tener el ingenio de Kafka para mandar un aviso a mis conciudadanos: "Queridos compatriotas, pueden pasar a mi pequeño departamento ubicado en Antonio Caso número 91, colonia Tabacalera, por rifles que disparan corcho para luchar por los derechos de las personas que habitan en este territorio denominado Estados Unidos Mexicanos. ¡Unámonos por un México mejor! Entablemos la guerra ideológica contra la corrupción, la represión y el mal gobierno. Votemos por una alimentación y educación digna. Nota: Algunos rifles necesitan aceitarse”.

¿Cuál es la ubicación del punto donde coinciden lo imposible y lo creíble?— se cuestiona ante la vista de una ciudad de muertos, frente a las ruinas de un pasado común— ¿No es cierto que la tierra es la misma para todos?, ¿no lloran los nopales por la desigualdad en el islote?, ¿se nos ha olvidado que provenimos de un sólo grano de maíz y que nos aulló el mismo coyote para despertar a la vida entre cantos de libertad? Mi memorando no obtendría respuesta. ¡No existe la unión!, por esa razón fuimos conquistados y seguiremos sometidos a un yugo, ¡por eso estamos muertos!— vitupera exaltado— no hay conciencia, ni de lo que somos, ni de donde venimos... ¿Algún tiempo pasado fue mejor?— se calma— peor aún ¿existe un futuro prometedor para la ciudad más poblada del planeta?
Una nube oscura baja tranquila, serena, llena de gases tóxicos como para hacerle regresar el sentido común. Siente el vértigo y sus manos sudan frías ante la inconsciencia de este acto: nunca pensó en brincar desde Palacio Nacional, no tiene un motivo o pliego petitorio alguno. La nube se desplaza y los números rojos del reloj Seiko marcan las once menos tres. Una sensación extraña le recorre y por un momento se atrofia la kinestecia, olvida dónde está cada uno de sus miembros sólo existe la fuerza con la que intenta sujetarse de algún lado, cree que la gravedad se lo traga y una parte en su interior se dispara al infinito:
— ¡Va a caer!— ese grito detiene el fenómeno extrasensorial del cual estaba siendo objeto y se da cuenta de la muchedumbre que se ha juntado para verle saltar.

Varios elementos de la policía militar están detrás, sobre la azotea, dentro de sus cavilaciones ha ido descendiendo unas decenas de centímetros hasta colocarse a una mano del balcón presidencial, de donde intentan cogerle para evitar la de ocho en los diarios justo antes del informe. Ego esquiva los brazos y grita:
— ¡Déjenme tranquilo, sino brinco!— trata de mostrar cordura ante la situación.
— ¿Qué desea? Baje de ahí y se atenderán sus peticiones— una voz surge del hueco de la fachada mientras las ventanas del recinto son ocupadas para intentar convencerlo de no tirarse al vacío. Al ver la expectación de su causa viene a su mente el cuadro de una película de Resortes Resortín de la Resortera, Clavillazo, Capulina o Cantinflas, imagina la nota del día siguiente: "Emulando al hombre mosca se suicida desde el edificio de gobierno".

— Díganos qué es lo que quiere— es la misma voz. Lo cierto es que no ha pensado en nada en concreto, desearía tener alguna pena para dejarse caer y aunque nadie lo espera en casa, la soledad no es tan mala, siempre la ha disfrutado. Conoce de la vida los dolores, las alegrías, es lo que es gracias a sus decisiones. Por fin se le presenta la oportunidad de ser escuchado y no se le ocurre nada, paradójico.
— ¿Qué es lo que quiere?— repite la voz con un poco más de autoridad.
Se anima a manifestar:
— ¡Un México mejor!— responde automáticamente, vaya estupidez, pero es cierto, es lo único que desea.
— ¿Qué dijo?— cuestiona la voz sorprendida.
— Lo que oyó, un México mejor— ratifica.
— No lo entiendo. ¿A qué se refiere?
— A eso, al progreso constante de mi nación. A lo que debió de haber sucedido hace mucho tiempo desde que la Revolución estalló: la reestructuración y tecnificación del campo, no hay grandes países sin un campo productivo —la ciudad se aletarga en el sueño de siglos— una pluralidad real, elecciones limpias, la no reelección del partido. La libre expresión y el derecho a la información —la gente se desliza en la plaza principal, despacia, tranquila— justicia social para el trabajador, para el campesino. Vivienda y nivel de vida digno para cada uno de los mexicanos. Una educación actual, real que capacite por igual a los jóvenes de cualquier estrato social, que fomente el progreso y formadora de libre pensadores, críticos y analistas de su momento para beneficio de su país —el ruido de la gran urbe y los impulsos nerviosos le proyectan a la ciudad de los palacios llena de sueños— gobernantes que basen sus decisiones en el bien común y no en intereses creados. Una impartición ecuánime de la justicia. El fin de la impunidad. La creación de un sistema donde la seguridad social sea la base en la que residan los derechos humanos. ¡Sólo quiero un México mejor!

Sabe que sus peticiones no son más que una charla de café de un pseudo intelectual buscando un cambio.

— ¿Cuál es su nombre?— pregunta la voz.
— E...—tartamudea— Eg... Ego... Ego del Pueblo— asevera finalmente cuando una mano le jala la pierna rápidamente, pierde el equilibrio y se proyecta hacia la banqueta mientras piensa: ¿no llora la madre cuando sus hijos se mueren de hambre? ¿No clama el hombre en su desesperación para ser escuchado? Ante la evidencia ¿no son las cuestiones la fortaleza de un pueblo? ¿Cuántos latidos formaron esta nación? ¿Cuántos ríos de sangre? ¿No somos hijos del mismo grano de maíz? ¿No cantó el cenzontle para despertarnos entre himnos de libertad y esperanza? ¿Quién mueve los hilos de esta telaraña para beneficio propio?
— ¡Estamos muertos!— grita antes del impacto.

Los curiosos se arremolinan para ver el espectáculo, el cuerpo inerte sobre un charco de sangre.
— ¡Se mueve!
— Increíble pero se mueve. La policía militar lo recoge y lo traslada al hospital más cercano en calidad de detenido, aún está con vida.
Epílogo

— ¿Qué vamos a decir a los medios, Capitán?
— No sé, para empezar desconéctalo del oxígeno.
— Pero... eso es un asesinato.
— ¿Quieres que te encarcele por desobedecer órdenes de un superior?
— No— el soldado se aproxima, uno a uno, desconecta los tubos de respiración artificial. Ego con el último rasgo de conciencia flexiona su brazo y dice: ¡A la chingada!

domingo, 20 de abril de 2008

Mi infinito más pequeño




Descifrar
el sentido de mi infinito es
desdecir las afirmaciones
del sistema
que me mantiene vivo.

La continuidad de mi espacio.

La dirección intermitente de mis pasos.

El paisaje de mi cuerpo atardecido.

La muerte inminente de los patrones
de los que soy esclavo.

Descifrar
el sentido de mi infinito es
desarticular las ideas
del teorema
que me mantiene vivo.

El dilema de la eternidad

El código de mi trascendencia.

La secuencia de mi mortandad.

El síncope de los sueños que hacen
de la búsqueda de mi infinito
lo único que me mantiene vivo.

La caja que queda después de la caída de la luna







Deseo Ubicuidad



De mis temblores fenece,
mitiga la senda de esta soledad,
vacío oriente al amante que amanece
lacrado cúspide y declive: su fragilidad.

Anhelo tu cuerpo desvanecido,
manantial, presente y sensibilidad,
entre mis brazos pausado, enloquecido,
del instinto envuelto y su conformidad.

Deseo etéreo y estremecido,
batalla y caricia en la intimidad,
el mar de fuego entre tus piernas
abandono en mi olvido entumecido,
de tus labios un te amo:
Beso y templo de mi ubicuidad.




martes, 15 de abril de 2008

La caja que queda después de la caída de la luna

Estampa en el cristal


Me postro ante el reflejo
del complejo articulado
que somos frente al espejo…


Tu cuerpo
convirtiéndose en mi cuerpo,
cada uno de nuestros miembros
transformándose en silencio,
perdernos cada uno en el otro
irrumpiendo nuestro espacio
y nuestro tiempo.


Desfallezco en el momento
en el cual somos reflejo:
dos haciéndose uno frente al espejo…

Descaminado



Estuve buscando
entre mis notas
alguna línea
que me recordara
a qué lugar pertenezco
pero no encontré
ni una sola letra.

Salí
a la calle
para trazar los planos
del lugar que habito
pero nada me resulto familiar.

Los edificios se han movido
y la gente no es la misma.

Sus caras se muestran
endurecidas
con una perdidez en la mirada
que ni Dios es capaz de borrar.

De las flores
no queda ni una frase
todos los poetas se han desflorado
por el otoño sin ideas.

A todos se los ha tragado el mundo.

Los colores
ya no brillan
ni en las películas ni en los pinceles.
Han intentado transformar la vida
pero se han extraviado
en el proceso.

Regreso
alumbrado por el vacío
de los faroles de cada casa
parece como si hubiese dormido mil años.

A todos se los ha tragado el mundo...

Una clase en el paraíso



Don Diablo Sin Cuernos pasea delante de sus alumnas con un libro abierto entre las manos. Enfático recita mientras cae la tarde bañando de centellas rojizas el rostro de las adolescentes:
La verdad, te busco en el universo creado por cada movimiento de tus manos, cierro los ojos y siento en cada rayo solar el calor de tu cuerpo y me acurruco a él como prendiéndome de tu desnudez, de esa sensación de la piel que se absorbe en el cenit y plenilunio de tu amor, en el ritmo de tu cadera: espasmo de tu mente, holgado tiempo de ritmos y silencios confabulados en la búsqueda eterna del placer que se haya oculto entre tu vientre y a punto de estallar”.

- ¡Wau! –suspira Eleanor con las mejillas rojas y sus lóbulos erizos.
- ¡Mega romántico! –exclama Zusu mientras sus pómulos se sonrojan.
Continúa Don Diablo Sin Cuernos poniendo un tono cachondo en la lectura mientras las hojas de los árboles caen despacias:
Estrujo cada gama ultravioleta para hacerme de la vida que encuentro en cada una de tus respiraciones agitadas, entre amores ahogados y sellados con los labios exaltados y llenos de la codicia: numen del advenimiento de dos cuerpos que se anhelan lúbricos, sedados por las endorfinas de un encuentro de años, reconocidos en el único oficio heredado del tiempo…amarse sin recelo hasta saciar sólo para volverse a reinventar en un abrazo”.

- ¡Me puso…mmm! –Niní se roza entre sus carnes de repollo a punto de madurar.
- ¡Está súper excitante! –Lilith se restriega cerca de sus pecíolos que se translucen por su lozana y delgada piel.
Click. Entra despacio Gracia con su Divina silueta contoneándose hasta llegar al maestro:
- Ve cómo las tienes –señala a las alumnas que sienten que flotan por encima de las copas de los árboles, entre las nubes.
- Tú sabes que sólo de esta manera crecen bellas y jugosas –repone el Diablo Sin Cuernos.- ¡Sólo leyéndoles saben!
- ¡Pero son sólo manzanas! –dice Gracia con su Divino semblante atónito.
- Sí, creo que eso es lo único que no saben –inquiere Don Diablo Sin Cuernos encogiendo los hombros.

sábado, 12 de abril de 2008

¿?


“El tiempo se va de largo,
somos el polvo,
la verdad que en mi espalda cargo,
somos la astilla en el ojo
la historia de un tiempo vago,
loco y atropellado”




Soy la pérdida de todo aquello que hago,
tal vez la vida se altera y se va de lado,
generación del mundo en letargo,
soy el periodo muerto a la orilla del vado,
soy el vacío de mi sueño alado,
inocuo,
insípido,
amado…
el paraíso a mi orco encadenado,
el ángel caído
lacerado,
Soy el perdedor,
el vencido en la cruzada
por mi mundo corrompido,
atado,
espasmado,
atardecido,
asfixiado por el aire enrarecido,
revolcado de los mares embravecidos…
soy lo que jamás había sido…
Un hombre claro en su destino.

viernes, 4 de abril de 2008

Fotografismos de: Eugenio Robleda


Credo


Creo firme en el evangelio de tu cuerpo
parábola del ser voluptuoso.
Creo en la revelación de tu pecho
afirmación del yo libidinoso.
Creo ciego en tu vientre,
abertura y esbozo,
verbo hecho carne
creador de tu amante,
tu pareja
y tu futuro esposo.
Creo en Dios todopoderoso
sólo si acepta
que en tu cintura radica el mayor de mis gozos.
Fotografía: Eugenio Robleda
Texto: Heriberto Cruz

miércoles, 2 de abril de 2008

El paraíso marchito y sus cuatro verdades



Don Diablo Con Cuernos da vueltas alrededor del escritorio con un humor de los mil demonios. Para y jala su saco por la solapa:
- ¡No es posible! Con las marchas de ayer las buenas acciones se fueron a la alza. ¡Tanta solidaridad! Se juntaron los chinos y japoneses, irlandeses y escoceses, los negros y latinos, hasta los del poli y la universidad- ve a lo lejos como un taxista saca la mano para rayársela a un repartidor de pizzas- ¡caray! ¡Ni una mentada de madre en las marchas! Esos inmigrantes de verdad tienen poder…
- Licenciado Don Diablo- suena el interfone- tiene llamada por la línea 6.
- Gracias, señorita Bathory- esta inglesa ¡sí que está bien buena!, tiene el cutis de bebé ha de ser por la crema young blood que usa, piensa Don Diablo Con Cuernos mientras contesta el teléfono:
- Bueno.
- ¿Diablo?- suena una voz suave y aterciopelada tras el auricular.
- Gra… Gra… ¿Gracia?- Don Diablo Con Cuernos se derrite al reconocer la Divina tersura de su voz.
- Te extraño mucho, deberías regresar al Paraíso- se escucha la voz de ella suplicando.
- ¡Qué! Regresar a ese pueblo bicicletero- Don Diablo Con Cuernos se enfada- ¡nunca!
- Pero… si te gustaba tanto, eras tan bueno con las plantas. ¿Recuerdas? Cuando los manzanares comenzaban a florecer y dar frutos, recorrías los campos leyéndoles poesías y miles de historias. Siempre creíste que eso las hacía crecer bellas, saludables y que guardaban el conocimiento en su savia.
- Claro, ¡el conocimiento es poder!- su voz se apaga- Era una bella época no ha sido fácil ni divertido ser el malo.
- Salías por la mañana, a caballo, con los muchachos a recorrer los sembradíos. Los manzanares nunca han sido los mismos desde que te fuiste. Las manzanas ya no saben. ¡Eras tan bueno!
- ¿¡Tan bueno!? ¡Y pendejo!- Don Diablo Con Cuernos echa chispas hasta por los ojos y un escalofrío le recorre la punta de los pitones- por eso aprovechabas el tiempo, mientras estaba en la joda, tú jodías con otro. ¡Por eso me fui de ese pueblucho! ¡Por qué descubrimos que Dios era el sancho! ¡Mi sancho! ¡Búsquense otro pendejo que les trabaje!- Don Diablo Con Cuernos azota el teléfono.
Desde entonces:




* El paraíso está marchito.
* Las manzanas no saben nada y las puede comer cualquier buey.
* Ya no hay pecado original… Ahora son puras copias piratas.
* ¡Ahh! Y el Diablo tiene cuernos.

martes, 1 de abril de 2008

La caja que queda después de la caída de la luna

Libre convicción
Te amo
en aspavientos
apurada
y de movimientos lentos,
siempre de madrugada
y con la retórica del deseo agendada.


Te amo
mujer y espada,
caricia arrope miel encarnada
a tu pared y mi espalda
a la razón encaramada.


Te amo
ensimismada
en tus designios violetas callada
de tus sueños disimulada.


Te amo
señuelo y posada,
alud y jornada,
libre y por convicción
a mis brazos atada…

lunes, 31 de marzo de 2008

14.- Hoy


En esta época todo suena y se ve diferente, el ritmo de la cotidianidad es vertiginoso. Los problemas sociales que siempre fueron mi preocupación siguen existiendo. Algunos días, comparto mi miseria e invito a desayunar a los niños mugrosos y harapientos, dueños de este jardín. Preparo treinta tortas, gelatinas y llego con mi morral a la orilla del kiosco. Apenas me ven hacen fiesta. Siento la rueda de hambre girar alrededor del alimento que hace días no prueban.

Nunca lo he dicho pero lo pienso: tengo un especial afecto por el Pitirijas, pequeño de 6 años, al menos eso creemos, de mirada triste y sonrisa franca. Ahora, no me recuerdo a esa edad, pero debí ser de lo más parecido sólo que limpio y bajo los cuidados de mis padres. Recuerdo la última vez:

Después de ir por refrescos y terminar su escueto y sagrado alimento, nos sentamos en las escaleras que dan al templete del kiosco, intercalados, porque hay lindas niñas también. Se animan:
— ¿No nos vas a contar lo que sigue de tu historia?
— ¿En serio quieren escucharla?
— ¡Síííííí! —contestan al unísono—.
— Bueno, ¿en qué me quedé la vez pasada?
— Dijiste que nos ibas a contar sobre La caída de la luna.
— Sí, sobre La caída de la luna, porque el otro día nos contaste sobre Alma de juguete.
—Además, prometiste traernos un títere como Alex.
Volteo la cabeza y pongo las manos sobre mi rostro, giro de pronto hasta quedar de frente a ellos:
— Cumplí, les he cumplido. Véanme bien porque soy la metáfora en la realidad de ese títere que busco incansable su alma de juguete y que siempre deseo un hogar.
— ¡Mira tiene una nariz redonda y roja!
— ¿Y nunca tuviste un hogar?
— Alguna vez, pero hoy no.
El Pitirijas se acerca y con sus sucias manecitas acaricia mi mejilla:
— ¡Pobre! Eres como nosotros, ¿verdad? Si no tienes casa te puedes quedar con nosotros en el jardín.
— Gracias.
No cabe duda, el significado de las palabras cambia de acuerdo a las necesidades de nuestra propia existencia para ellos hogar es sinónimo de una casa, para mi es estar entre tus brazos. Me tranquilizo y con los ojos a punto de estallar en mil lágrimas, comencé:
—Ok — respiro hondo— La caída de la luna es, precisamente, una historia sobre como encontrar el lugar que nos corresponde en este mundo.
— ¿Cómo? —dice la Llantitos mientras se limpia la cara—.
— Sí, en esta tierra que nos acoge hay un lugar dónde podemos florecer y esperar a que corra el tiempo como décima de segundo, pasando las hojas de nuestra historia. Les juro: hay un espacio dónde podemos ser felices.

Sus ojos se encienden por la esperanza de mis palabras.
— Hace muchos años existió una persona…
— ¿Cómo tú?
— Sí, como yo —continúo la historia— esa persona, a través de sus vivencias y del huracán de su diario ir y venir, se extravió, comenzó a caminar por el callejón Sin Sueños, con las bolsas vacías del pantalón, sus recuerdos en la mochila y una profunda tristeza grabada en el corazón: nunca había encontrado su hogar y a dónde pertenecía. Lo más raro es que el creía que podía regalar sueños a cualquier extraño…
— ¡Pues que nos traiga un pastel, yo ni lo conozco! —grita el Monstruo al final de la escalera—.
— ¡Ja, ja, ja! —ríen varios chiquillos—.
— ¡No seas payaso!
—Para payaso está él —dice la Role y me señala— ¡tiene su nariz roja y redonda!
— ¿Y luego?
— Contradictorio, caminaba por el callejón Sin Sueños regalando sueños…
— ¡Qué tonto!
— No, no, no era tonto, simplemente tenía un poco de fe en los demás: a cada sueño que regalaba, dejaba entrar un poco de luz a la vida de la otra persona. En ese momento, aquel extraño podía ver la salida del callejón y desaparecía de ese lugar tétrico y oscuro.
— Si podía sacar a otros del callejón, ¿por qué no salía?
— Sí, ¿no podía caminar o correr a la salida?
— Él llevaba tanto tiempo en las penumbras que le era difícil distinguir el camino de salida, y la verdad es que se sentía seguro entre las sombras aunque con el corazón vacío. Hasta que un día, por pura casualidad o por destino, se acercó a la orilla y en el umbral encontró a una mujer de ojos profundos e inmediatamente le reconoció con la memoria de otras vidas. Ella parecía estar más cerca de la luz, pero había algo que la mantenía en secreto en el callejón sombrío: había decidido desconectar de si esa parte que se alimenta del amor de pareja.
— Eso es fácil, a nosotros nadie nos quiere ni nos importa querer a alguien.
— ¡No es lo mismo! Ella no quería que la amaran o no quería amar, ¿verdad?
—corrige y afirma Luchis—.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué que?
— ¿Por qué no quería tener el amor de otra persona?
— Tal vez se había cansado de luchar o de esperar, o tenía un poco de miedo o no había encontrado a quien estaba buscando, o no creía en la magia.
— ¡Yo no creo en la magia! Son puras babosadas y trucos —dice convencido el Chueco con su pie de lado—.
— ¡Qué güey eres! La magia existe, ¿verdad?
— ¡Claro! La magia existe en el diario devenir, es encontrar el sabor de la vida, es defender los sueños, luchar por alcanzar los anhelos y encontrar el verdadero amor a través de nuestra esencia —enuncio divertido—.
— ¡Chale! ¿Y la historia? —enojado el Caníbal—.
— ¡Sí, ya dejen que siga!
— Bueno —continúo con la historia— se vieron de frente y algo extraño y fuera de este mundo fundió sus almas, comenzaron a platicar y a cada palabra formaban un nuevo diccionario para entenderse, ya que los dos pertenecían a diferentes universos. Ella sintió estremecerse en su interior. Él no podía apartarse y la emoción lo embargaba hasta sacudirle la tristeza. Por un momento se reservaron el mutismo de la excitación de conocerse: una pequeña luz rompía el umbral de las sombras. Se miraron cómplices y entendieron ese sentimiento de contrabando. Ella lo tomó del brazo y juntos dieron el primer paso fuera del callejón Sin Sueños. No recordaban que el mundo fuera de esta manera: arbustos con letras colgando y frutos poemas, nubes viajeras esperando en cada parada de autobús por su pasaje, vitrinas repletas de pastelillos de chocolate. Caminaron por las veredas del parque del absurdo tomados de la mano, ella sentía cientos de mariposas alrededor del cuerpo, él percibía el caminar de una fila de hormigas que llevaban en su lomo un mensaje: “Siempre hay más, si quieres recibirlo”. Pararon en medio del parque donde reposaba un árbol de ramas entrelazadas, de las cuales brotaban hojas en forma de corazón, resguardo a un hermoso capullo amarillo que al contacto con los lúmenes marmóreos de la luna, comenzó a abrir dejando al descubierto cuatro pistilos. Ella le dijo: “Es la flor del No te olvido, y sus pistilos son cuatro, por el pasado, el hoy, el porvenir y el momento al cual se reduce la eternidad en un para siempre. ¡Mira la luna!”. Él se sorprendió de tanta magia y señalando la esfera plateada le susurro al oído: “Está tan cerca que parece la luna se cayó”. Se alejaron con rumbo desconocido, perdiéndose en el crepúsculo. Desde entonces los enamorados caminan juntos, tomados de la mano, en cada noche de luna llena y piensan que la luna se precipitó en caída libre sobre la tierra.
— ¡Qué cursi! Mejor vamos a jugar fútbol con el suéter del Piojos.
— ¡Síííííí! —gritan todos y se abalanzan sobre el Monstruo que trae su paupérrimo e improvisado balón.

— ¡Fíjate Buey!
Por poco y atropellan al muchacho de la bicicleta. El mundo sigue estando loco. Algo me dice que hoy dejaré de contemplar este mundo, sí, este hoy de tantos días sin ti es para recorrer despacio mi historia y entender qué sucedió entre nosotros, ¿qué hice de mi vida? ¿Algo pasó? Al menos el tiempo. ¿Hay algo que jamás concebí?

La memoria me traiciona y recuerdo el final de ese día con los niños:
— Oye, no entendí, ¿por qué dijiste que La caída de la luna se trataba de encontrar el lugar que nos corresponde en el mundo? —pregunta el Pitirijas, a la vez que jala el saliente de mi camisa—.
— Al encontrarse, él y ella, supieron a dónde pertenecían.
— ¡Ahh! ¡Cuándo sea grande quiero ser escritor cómo tú!
— Hijo, los escritores cargamos la maldición de las palabras, ¡no sabes lo que dices!
— Sí, lo sé, y voy a contar cada una de tus historias.
— ¿Por qué quieres escribir?
— Alguna vez dijiste que el tiempo se puede cambiar, y cuando sea grande voy a tener otra niñez, me inventaré una nueva: ¡La voy a escribir!

Hoy puedo sentir, de nuevo, las lágrimas correr por mis mejillas y a ese pequeño niño, de mirada triste consolándome mientras me decía:
— Pero no te preocupes, en esa nueva niñez tú si vas a estar, eres lo único bueno que me ha pasado. ¡Te juro que tú si vas a estar en mis historias, para que nunca dejes de existir!
Hoy recorro esta existencia que me tocó vivir y por fin entiendo lo que sucedió. La estación escurrida de mi vida se me va de largo al compás de las historias que tengo para contar. Estoy seguro que todo podría cambiar, si yo lo escribo y tú lo lees, pero es tan poco el tiempo y la vida se va en un abrir y cerrar de ojos

La llantitos (de Egomanías y La llantitos)



A la generación que se le ha olvidado soñar
si no, se les han roto las alas
de tanto vivir

La ciudad no es la misma que recuerdo fue algún día o noche. Hemos cambiado. Todos juntos porque hasta los edificios no son los mismos, ni las calles, ni las avenidas. Parece como si alguien hubiese soplado el viento en otra dirección, se siente en la brisa que nos baña todas las mañanas y golpea sutilmente las ventanas para avisarnos la transformación. La ciudad no es la misma que recuerdo de hace algunos años. Este tiempo se llenó de historias chaladas... todo cambió.

Crecí en la calle hospedándome en cualquier rincón que la urbanidad abriese para mí, bajo una nube gris de contaminación taponadora de los sueños de niña que se supone debí tener; imágenes rosas plagadas de inocencia siempre añoradas, estampadas en los muros de algún registro de luz, o enredadas entre el pasto seco de algún jardín público mientras el hambre apretaba junto con las ideas de superación: una casa, comida todos los días, calor de hogar. Esa palabra nadie la conocía. Siempre creímos formaba una barrera entre ellos, su mundo y nosotros.

No conocí a mis padres. Mi clan eran todos aquellos que al cobijo de la noche nos acurrucábamos en camada, a veces compartía mi cama de piedra con el Pitirijas, la Role, el Caníbal, Pocas Pulgas nuestro perro y el Monstruo, un mastodonte de catorce años que se ensañaba con nosotros por ser más grande y tener más vicios.

Una noche todo cambió, cuando dormía sobre una banca alguien se arrejuntó a mi cuerpo para jalar el plástico que servía de cobija, exaltada me incorporé con lagañas en los ojos y a la defensiva:
— Órale, güey... o güeya. Era una niña bien vestida, con las lágrimas en los ojos y el cabello en espirales castaños. — No fue para tanto, si ni te he pegado. La congoja que proyectaba su alma desgarró mi pequeño cuerpo. — ¿Qué te pasa?
Esa noche ella no dijo nada, sólo la jalé para abrazarla... lloró todo la noche a la vez el frío citadino se apoderaba de nuestras almas.

Al amanecer nos despertó el ruido de los coches, las pisadas de la gente que corre que corre va a algún lado y una tremenda hambre porque el estómago de ella y el mío se comunicaban a voces como el diálogo que en la noche anterior no tuvimos.
— Tengo hambre —dijo con los ojos rojos e hinchados.
— Vaya si hablas y como hablas entiendes, ¡no tengo un quinto! – Me relamí mi cabello con la primera saliva de la mañana.
— Pero yo tengo hambre — replicó.
— ¿Y qué quieres que haga? Para comer hay que limpiar los parabrisas de los coches.
— Bueno— contestó afligida.
Corrimos a buscar en las bolsas de basura y en las orillas de la calle unos botes de refresco para luego echarles agua de la fuente del parque y pedir por ahí un poco de jabón. La verdad es que nos fue muy bien como la veían toda linda y con los ojos tristes los dueños de los automóviles se compadecían y soltaban más monedas de lo acostumbrado, sin importar que no limpiase bien los cristales.
Comimos unos tacos de tres por uno cincuenta afuera del metro Hidalgo que fue lo que nos quedó más cerca después de trabajar todo la mañana en el crucero de Reforma y Avenida Juárez frente a las oficinas de Excélsior.
— ¿Cómo te llamas? —pregunté mientras devoraba sus tacos pero no me contestó sólo me veía con sus ojos tristes. — Pues como no me respondes y de alguna forma te voy a llamar... déjame pensar... ¡eres la Llantitos! Pues si hasta pareces muñequita... sí, la Llantitos. Se sonrió para devorar sus tacos de tres por uno cincuenta.

En la noche llegamos a un registro de luz cerca de la Alameda Central donde toda la banda se reunía, pensé que lo mejor sería presentarles a la Llantitos para que si la veían por ahí no se fueran a querer pasar de vivos con ella. Cuando llegamos sólo estaba el Pitirijas con sus pantalones raídos y su playerita rayada que le quedaba arriba de su mugroso ombligo:
— Hola— le dije mientras acomodamos unos plásticos y periódicos.
— ¿Y ésta? — repasó con su mirada a la Llantitos.
— ¿Quién es? – repuso el Monstruo mientras bajaba las escaleras acompañado de la Role y del Caníbal.
— Es la Llantitos, me la encontré por ahí... como esta sola y yo también – contesté presurosa, con miedo; Monstruo podía ser violento si se lo proponía.
— Chale, ella no es como nosotros, vela bien, trae un buen vestido, su cabello se ve cuidadoso y límpido, sus cacles están nuevos —aspiró de su puño cerrado— qué tal si la anda buscando la policía, acuérdate de la madriza que le pusieron al Caníbal...
— Sí— repuso el moreno, la cicatriz que tenía a un lado de la oreja derecha, le hacía recordar— nada más porque un ruco me dijo que si lo acompañaba dispararía las tortas...
— Más bien quería tus tortas ¿no?— dijo la Role riendo pícara con un brillo especial, perdido, en sus hermosos ojos azules.
— Quién sabría que traiba la droga, nos cayó la polí y como me quería escapar que me dan en la cabeza— se acercó para que viéramos la marca de su vivencia, pero como notó que la Llantitos se le quedo viendo a su mano, siguió contando— me caí medio atolondrado, traté de resbalarme a una coladera, que pongo la mano en la orilla para jalarme y un pendejo que pisa la coladera y mi mano, pues... — nos mostró su muñón que parecía que lo habían dado una gran mordida, de ahí su mote.
— No quiero que se quede, nos puede traer problemas— señaló el Monstruo con los ojos un poco perdidos por el activo y su muñeca entre las manos.
— Pero Monstruo— repliqué en tono de súplica.
— Nada – dijo imperativo.
De pronto, sonó el ruido de un avión rompiendo el silencio de la noche, la Llantitos se levantó mientras en su rostro corrían una fila de lágrimas y balbuceó:
— Las almas van a Dios colgadas de las alas de los aviones.
¡Cómo lloró! El Monstruo al oír aquello, dijo que era un gran alucine y se fue a acostar junto con la Role. La Llantitos era parte de la banda.

La ciudad cambio, lo sé por que una vez parados en alguna calle del Centro fisgoneábamos tras una ventana del Café París imaginándonos los olores y sabores de los pastelillos, los helados, que probablemente teníamos alguien que nos cuidase. El Pitirijas pegaba su nariz a la vidriera y se le saltaban los ojos de hambre, la Llantitos y yo nos figurábamos embarradas de chocolate, con la barriga llena.
Había una escena que resaltaba de entre tantas fragancias y suculentos platillos, una mujer lloraba, lágrima tras lágrima, salando su expreso, intentaba guardar la compostura pero el dolor se salía de su cuerpo, clarito recuerdo ver la silla inflándose para hacerse más confortable, a la mesa suavizar su textura en el afán de una caricia de consuelo, en el florero unas rosas se balanceaban entonando una canción suave, divina. Una hoja de papel se arrugaba en sus manos que temblaban.
De pronto comenzó a llover a cántaros y el agua nos empapaba, pero estábamos como estáticos, clavados en el piso, no nos movíamos. La mujer sacó de su bolsa unas monedas y las dejó sobre la mesa, parecía que se movía en cámara lenta hasta salir. Con la lluvia escurrida dejó caer el papel mientras apretaba el paso. La Llantitos corrió por el papel, una vez en su mano lo estiraba:
— Es un telegrama —dijo.
— ¿Cómo sabes? — replique intrigada.
— Pues aquí dice, viene desde Francia.
— ¡Qué dice! – el Pitirijas impaciente brincaba con las manos colgadas.
— "Murió pidiendo le perdonaras por haberte amado tanto". La Llantitos alzó la vista al cielo, el ruido de un avión por primera vez no la hizo correr. Lloró. Fue la primera vez que supe que ella sabía leer.
Una madrugada mientras buscábamos dónde pasar la noche, por una de las veredas de la Alameda, un ciego platicaba en voz alta en la banca de un parque:
— Pues si como te iba diciendo, esta ciudad se está configurando. Todo comenzó un día que un tipo decidió juntar las lágrimas de la gente en un frasco, quería guardar la tristeza en un lugar, cuando veía a alguien llorando corría a ponerle el frasco para eliminar todo el dolor de la ciudad. Todo era parte de la gran conspiración. Decía que tenía un inquilino en su cabeza. Su vida se le iba en recoger lágrimas, no vivía para otra cosa que no fuese acumular lágrimas, su gran tesoro, era el dueño de los mayores dolores de esta ciudad, ¿quién podría comprar eso?
Nos sentamos para escucharlo sobre la senda principal de la Alameda, se veía deslavada su gabardina negra usada, pero no más que sus pantalones, era una gente de calle pero con clase, se le conocía en la forma de cruzar las piernas y sostener su bastón:
— Se le había olvidado llorar. Alto con el cabello crespo, vestido de negro y la soledad por amiga, así era él. Nadie entendía que su misión era ser el guardián de la congoja, regalando un poco de alivio al reunir cada gota en un envase de cristal. Amigo, ¿cómo puede el dolor más grande comprimirse en unas pocas moléculas de agua con sales?
La modulación de su voz, la suave calma que proveía la noche a la ciudad nos fueron envolviendo hasta transportarnos al país de las historias en un tiempo que pertenece a la gente de ensueño. El viento soplaba quejumbroso por entre los árboles desgajando el ordinario urbano hasta susurrarnos sus secretos; descubriéndose para nosotras y para el extraño invisible con el que platicaba sentado en la banca del parque.
— Caminaba con la nostalgia al lado y a la expectativa de algún sinsabor ajeno por las calles que ya le resultaban familiares, abrazando entre avenidas su frasco, sabiéndose en el extremo de la melancolía, dejado de los hilos del amor y con el poder de la tristeza atrapado en un envase a punto de llenarse.
Recorría del Eje Central a Avenida Chapultepec pasando por la Torre Latino, Salto del Agua, cerca de las oficinas centrales del Registro Civil, Avenida Cuauhtémoc; husmeaba entre las cantinas del Centro; La Mundial, Dos Naciones, hasta las de la colonia Roma; La Antigua Rambla o La Número 1; en busca de algún desolado y entequilado individuo que llorase alguna pena. Caminaba, caminaba hasta sentir en las piernas el dolor del exceso de caminar pero obtenía su recompensa, reunía varias lágrimas frente a Gayosso, sala de funerales cerca del Monumento a la Madre, su lugar preferido para descansar sus pies desechos y pasar horas observando a los niños correr tras un balón o a los brazos de mamá.
Un día como hoy por la tarde se concretó a pasear por Reforma, dio vueltas en el Ángel pensando hacer un viaje que tuviese un destino cualquiera, el caso era ir dónde fuera, lejos de la Ciudad de México, lejos de todas esas calles que conocía tanto. Intentó suspirar pero como siempre no pudo.
Se dirigió hacia la Zona Rosa por toda la lateral viendo gente pasar; a los nalgones payasitos callejeros, a los policletos, vendedores ambulantes, los emperifollados de los bancos, dos ancianos envueltos y desgastados por el largo recorrido de una vida juntos, los punketos, los guayayeros, los inmigrantes que no se hallan entre los edificios, los cruceros, las banquetas y uno que otro árbol. Un mar de personas, todos diferentes pero que se identifican en una gran mezcla: ser chilangos.
Casi en la esquina de Niza, literalmente, se estrelló piel con piel, tropezando al andar y malabareando para no tirar su enorme tesoro. Cayó de trasero. Después del desconcierto alzó la vista, el sol bajó su claridad cortándolo en mil pedazos. Ella estaba en el piso. El sendero llevaba a su olor haciendo ese instante perpetuo. Su mundo se paró. Ella no paraba de llorar:
— Lo siento, no me fijé — por primera vez no quiso abrir su frasco, esas lágrimas lo hacían colocarse en tierra firme, sin oír voces. — ¿Quién eres?
— No lo sé— respondió con un murmullo entre los labios que se escapaba sediento con las sombras de su pasado. Ella estaba tan sola. — Y ¿tú?
— Tampoco lo sé, pero si sé que tengo un inquilino en la cabeza que me hace andar por esta ciudad para guardar todas las lágrimas en este envase.
— ¿Quieres las mías?— repuso con los ojos desgastados.
— No lo sé... creo que no. Sus ojos disipaban cualquier engaño, tenían cada una de las fases de la luna marcada en el iris.
— ¿Haces algo más?— se secaba las lágrimas con la mano.
— Sí, de vez en cuando mi inquilino me permite tener algún sueño que sea de mi propiedad entonces me consumo entre melancolías frente algún espejo esperando por un suspiro.
— ¿Te gustan los suspiros?— preguntó con el esbozo de una sonrisa.
— Creo que sí, alguna vez debí haber suspirado pero hace tanto que está en el olvido.
— Es que... yo tengo muchos, los guardo en esta bolsa— levantó un pequeño morral a la vez que hacía para atrás su cabello.
— ¿Tú guardas suspiros?
— ¿Tú, lágrimas?
Soltaron una carcajada mientras se abrazaban como si sus manos nunca hubiesen abrazado. Se paró el mundo. Comenzaron a caminar pero ella se detuvo:
— ¿Quieres saber aún quién soy?
Él la besó y le dijo: — ¡No!
Se fueron tras la luna, uno vaciaba su frasco y ella su morral. Desde entonces sopla el viento en otra dirección y todas las mañanas hay una brisa que golpea suavemente los edificios de esta ciudad.
El ciego se levantó y bastón a tientas se alejó. Lo raro es que después el chasquido de unas alas rompió la quietud de la noche. La Llantitos lloraba a la par de mis suspiros que enredados nos cobijaron sobre esa banca resguardando nuestros sueños.

— Mira el atardecer— dijo señalando el cielo un día cualquiera— es triste como aquella tarde en que abrió la puerta y decidió morirse.
El crepúsculo se pronunciaba en el tiempo como la tristeza que lucía siempre su rostro de muñequilla rota, el ocaso le regalaba los tonos rosas de esas fantasías que jamás tuvimos.
— Él era alto, bien parecido, lo tenía todo; una esposa, dos hijas que lo adoraban pero eso no le importó. Se sentó en el comedor y comenzó a beber, copa tras copa, botella tras botella. Nada le importó. En las mañanas se levantaba temprano, se iba a trabajar con su gorra de piloto, siempre limpio. Al llegar a casa, siempre lo mismo: beber, beber, beber. Sólo quería morirse. Hasta que un día la salud le faltó y tendido en la cama seguía bebiendo. No se podía hacer ruido le molestaba a su cabeza. Una tarde como esta él decidió morirse... al fin una tarde como esta murió.
Soltó en llanto, su voz se apagaba poco a poco.
— Cuando le pregunté a mi mamá por él llorando me respondió: “Su alma va a Dios colgada de las alas de un avión”.
El Pitirijas llegó jadeando y nos dijo:
— Síganme— corrimos los tres hasta la esquina de Eje Central y la calle de Tacuba, había dos patrullas, los policías tenían en el suelo bocabajo al Monstruo con las manos esposadas, el Caníbal se les movía de un lado a otro tratando de escapar pero lo tenían acorralado contra la pared del edificio del Banco Nacional de México:
— Ahora sí ya te agarramos— le decía uno de los uniformados.
— ¡Quítenme a esta niña!— gritó uno de los guardias, la Llantitos le estaba mordiendo uno de los muslos, traté de quitársela de encima pero no podía.
— ¡Déjenme cabrones!— decía el Caníbal semiesposado y sudando por la lucha.
— ¡Ya estuvo!— vociferó el Monstruo y automáticamente la Llantitos soltó al policía, el Caníbal se dejo agarrar — Ni modo nos agarraron bien, les encargo a la Role, cuídenla mucho... Díganle que la quiero, que la voy a buscar— los subieron a la patrulla y se arrancaron. En la noche le platicamos lo sucedido a la Role que soltó el llanto mientras se agarraba la panza.
Meses después supimos que en la correccional el Monstruo, drogado, se cayó en el baño y que estaba muy grave, la Role dijo iba a verlo, se despidió de nosotros, no supimos nada más de ella, del Monstruo o del Caníbal.

Un mediodía, limpiábamos parabrisas en el cruce de Antonio Caso y Reforma, la Llantitos por ganar unas monedas más se bajo aprisa del cofre de un coche. Se escuchó un grito. Una motocicleta se perdía en la avenida. Tendida la Llantitos en su charco de sangre, el ruido de un avión le hizo levantar el brazo para desvanecerse. Alcé la vista y corrí con el llanto en los ojos mientras mi mano le decía adiós.

En toda mi vida nunca fui tan feliz como esa época en que la Llantitos estuvo conmigo. Desde entonces la Ciudad de México no es la misma, ni yo. Me hice mujer mientras la brisa, el viento y el ruido de los aviones hicieron de esta una ciudad semi —desierta, llena de historias chaladas, como aquellas que cuento en este periódico para ganarme la vida... ¿El Pitirijas? Esa es otra historia.

sábado, 29 de marzo de 2008

XII.- Dos son uno



“Te regalo la sal de mis historias, te comparto mi fuerza y mi debilidad, te muestro el cielo al que también llamamos gloria, te regalo mi voz mi libertad… Te comparto mi humana condición, te llevo más allá del límite y medida…”
—Fragmento de Mi playa de Ely Guerra—

Llegamos. Un camino de flores te llevaba hasta la orilla de la cama, recogiste una a una las flores, eran gerberas. En la entrada, la botella de vino se enfriaba, un plato de frutas y por primera vez, un jarrón lleno de tulipanes. La sorpresa principal, hasta para mi lo era, el chocolate líquido, había pedido un platón de chocolates.

El botones se fue cerrando tras de si la puerta. Los dos llamamos a nuestros padres para avisar que estábamos bien. Nos sentamos para abrir la botella de vino y probar el kiwi, durazno, plátano y fresas: la mezcla de los sabores, el vino y el chocolate era el preámbulo de la sensualidad que se desencadenaría.

La plática fue de lo más delicioso. No podía más. Moví la silla para quedar frente a ti, nos besamos con la incertidumbre de nuestros cuerpos. No podías más. La inercia era caer en la cama, nos paramos mientras me desvestías y yo intentaba no soltar tu boca, y la tersura de tus labios que siempre me han cautivado. Todo estorbaba, los pantalones, el celular, la camisa, la blusa. Por aquí, por allá, cerca de la cama, lejos, no importaba. Terminamos desnudos, entregados directamente… yo sabía exactamente donde tocar, es como si ya te conociera… sin reservas, deseábamos entregarnos al calor de nuestros cuerpos, recorrí tu cuerpo de la punta de tu oreja, pasando por el cuello, deteniéndome en cada uno de tus botones mientras mis manos te recorrían suaves, deleitándose con cada uno de tus montes, no paré hasta llegar al valle de tu cuerpo. Me moría por olerte, por saber a qué sabes por dentro y me prodigué a las delicias de humedecer mi boca entre tus piernas, no es mentira, eres de agua. Sentía el desliz de mi lengua hurgando entre los aromas de tu flor, buscando tu pistilo, orillándolo al abismo del placer.

Tus manos me jalaron, mostrándome el camino que lleva al paraíso de tus piernas abiertas, a la entrada de tu mundo de agua. Me sumergí por primera vez entre tus olas y sentí el estremecimiento de mi cuerpo entre tus prados marinos. Tu boca se entre abrió pidiendo el silencio de tu lenguaje, de nuestro lenguaje corporal. Tus ojos me preguntaban que era aquello que sentías, sólo el vaivén de nuestras caderas te respondía. Me empujabas a tu cuerpo. Flotaba en tus aguas deseosas, ardientes, adentro, afuera, hasta que rompió tu marea en mi playa. Lo supe por el estremecimiento de tu cuerpo, sensual y caliente, y por el goce de la orgía de nuestros sentidos.

Decidiste cabalgar en mi playa, mis arenas se espigaban ante la insinuación de tu peso sobre ellas, se endurecían para mitigar su sed en tu oleaje, ir y venir, despacio, lento. Sentía que la marea subía hasta rozar nuestros cuerpos y mis manos se apretaron a tu asiento, una ventisca levanto la tierra. La playa se perdía por la crecida de tus aguas. En un segundo cayó la luna por segunda vez y nos bañó de deseo y de placer, orillados a hacer de dos uno y mecernos entre besos y caricias, llenando el espacio que hay entre nuestros cuerpos con la sal de nuestros humores, con nuestro nombre pegado en los labios, y un te amo bajo el brazo y un poco más abajo.
Al otro día conoceríamos que aún en el amor, siempre hay más…como hasta hoy… Desde siempre, sólo hace falta que los dos vayamos por más…

Fotografismos de: Eugenio Robleda


Mandala 1


Parece que cual conjuro
tu cuerpo evoca
y las palabras de un antiguo embrujo
penden de mi boca:
Es la memoria de tus manos en mi piel, lo que me provoca…

Obra: Eugenio Robleda
Texto: Heriberto Cruz

viernes, 28 de marzo de 2008

4.- La caída de la luna (interferencia 2)



— Esta buena la selección de las canciones —dice el Gordo— tenía un rato que no escuchaba algunas. Por cierto ¿hay que ponerle un apodo al chavito?
— Pues dile por su nombre.
— Nel, ¡eso no es de caballeros! —afirma serio— hay que darle sentido a su vida, un regalo para siempre.
— Ni que fuera res, o ¿piensas embarazarlo? —me burlo—.
— ¡No mames! Se me dan las niñas de 19 ó 20 años, pero los chavitos, no. ¡Hay güey! De pensarlo hasta me da urticaria.
Se rasca la cabeza y la panza al mismo tiempo. Pero tiene razón, una vez bautizado, se le conocerá por ese mote toda su trayectoria, claro, mientras trabaje en alguna estación de radio.

Recuerdo mi afición por las ondas radiales desde muy temprana edad, mi padre escuchaba La Pantera, Radio Éxitos y con el tiempo Universal FM. Crecí con canciones de The Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppelin, The Yardbirds, Janis Joplin, The Who y otros más de aquella época, de cuando mi papá cantaba en los Blue Caps o Las Calles, me supongo que antes del 69. La primera canción escuchada, en esa cortedad, fue Let it be y sí, creo que me marcó para toda la vida: “Déjalo ser, déjalo ser y habla palabras de sabiduría, déjalo ser, déjalo ser y encontrará la respuesta”.
Con el tiempo mi despertar se veía fortalecido por el clásico: “¡Ya levántate!”, que gritaba alguno de los locutores de Sedoma la Modorra, emisión matutina de Hits FM, una loca y bien lograda estación con música no tan vieja y con fuertes guitarrazos y tamborazos. Fue una lástima, murió para dar paso a Estéreo 97.7, por supuesto (aunque digan que no), después de la transmisión del concierto del TRI, en el cual, Alex Lora gritó: “Un saludo a papá gobierno”, y las mentadas de madre no se hicieron esperar. Se escuchó un click y la estación salió del aire. Años más tarde sabría que en la torre de telecomunicaciones tienen un switch para cada frecuencia, sea concesionada o permisionada.

Tuve que buscar en el cuadrante otra estación y para mi fortuna encontré ROCK 101, en el 100.9 de FM, y mis oídos se llenaron con las voces de cada uno de los locutores que hacían posible emisiones como: Argonáutica, Naufragio, Idea Musical, Los cuernos de la Luna, Descelofaneando, Lado B, Gaveta 13, La Puertita Antiradio, Salsabadeando y demás programas plagados de la música de los 80.
U2, Peter Murphy, The Cure, OMD, Talk Talk, New Order, Leonard Cohen, Tons on Tails, Siouxie, The Police, Rush y tantas bandas que sería ridículo tratar de acordarme de todas. Fue una época dorada. En las noches de entre semana podía escuchar Noche Mágica de WFM, 96.9, y antes, Rock Olé y Fusión: no podría olvidar la explosión del rock en nuestro idioma.

Lo cierto es que la radio no ha vuelto a ser la misma.
— 5, 4, 3, 2 —el Gordo ordena por el talk back—.
Para relajarse le dice algo al chavito de servicio social, se lo trae jodido.

[Identificación: La caída de la luna]. [Cue].

— Les recuerdo los teléfonos del cuarto de sorpresas 52393540 y 41, marquen, lancen una moneda al aire y pidan un deseo. Veamos si este 27 de noviembre del 2005, la luna deja en su caja de regalos la realización de alguno de sus anhelos. [Flash]. Esta noche la estamos dedicando a los encuentros, a los reencuentros, a ese momento dónde la magia se aparece y se burla de las disposiciones y los planes que, con tanto esmero hacemos para nuestra vida. Dicen por ahí: a dónde quiera que viajes, tu hogar es junto a la persona que amas. ¿Puedes reconocerlo a simple vista? ¿Es ridículo creer en el sendero marcado hacia los brazos de alguien? ¿Ese es tu hogar, fuera de casa? Ellos son The Smiths y la rolita There Is A Light That Never Goes Out. [Identificación: La caída de la luna].
“Take me out tonight
Oh, take me anywhere, I don't care
I don't care, I don't care
Driving in your car
I never never want to go home
Because I haven't got one, da ... Oh, I haven't got one…”


Aquella noche pusiste tus manos sobre mi brazo y supe que eras especial, había una sensación de tranquilidad, me estremecía de arriba abajo al sentir tu cercanía, y la dureza en mi corazón se desmoronaba cual caramelo en la boca. Una sensación de paz me invadía hasta hacerme sentir en el lugar donde las ideas se calman y la marea de las inquietudes puede subir desparramando sus delicias sobre la tierra. Supe esa noche que podría estar a tu lado sin mayor complicación, con el sentido de la sencillez implicando el arte de amarte, aunque desearas estar desconectada y no te importara más allá de una amistad:
— Mira la luna —dijiste señalando el cielo despejado de esa noche del 12 de noviembre—.
— Está tan cerca, es tu regalo de cumpleaños —dije— parece que la luna se cayó.
Y efectivamente siempre he creído que la luna hizo un hueco sobre la tierra y nos dejó una caja de algún material viejo y argentario, al abrirla hemos descubierto mil y un cosas, detalles sin explicación ni sentido. Sólo quería estar contigo, no olvidarme de la luz de luna, ese resplandor vigente, eterno y sin salida de mi vida.
“To die by your side
Well, the pleasure, the privilege is mine.
Oh, There Is A Light And It Never Goes Out.”

[Identificación: La caída de la luna].

Dulce envoltura (mariposas en tu cuerpo)


“Él la ve de frente y se pierde en la templanza de sus ojos... reconoce el edén y los jardines colgantes sembrados por las miradas tiernas, deseosas y acarameladas, de cada vez que se ven.

Ella lo ve de frente y se pierde entre sus brazos… recorre despacio la geografía de su apego y los encuentra cual nudo de corazón cautivo, unidos por el único lazo reconocido: el amor que se profesan.

Él la ve de frente y se pierde entre sus pensamientos… le dice que todo importa cuando está con ella y la razón por la cual su universo se resume al sentimiento naciente del movimiento de su cadera.

Ella lo ve de frente y se acuerda… le enseña el poder y hechizo de sus manos, le muestra el silencio en flor de sus labios, cual suave susurro de un te amo como jamás había amado.

Juntos, ella y él, sin espacio entre sus cuerpos, siembran flores del color de su delirio y reino de su encuentro, de la locura que los embarga y la cordura que los centra, de un principio sorpresivo y una historia sin final, y de su única certeza: un futuro incierto.

Juntos, envueltos en una caricia sutil, llena de esperanza, forman un poema de letras desgajadas de sus más íntimos pensamientos, salpicando a ritmo cada frase para formar sólo un verso de cascadas portadoras de vida, de sueños regalados, caricias aprendidas y silencio en los labios…
Juntos tejen su capullo, artífices de hilos dorados del ayer de hace unos meses y de hilos argentarios de su hoy. Hacen su nido de puro sentimiento, pensando en despertar juntos una mañana venida del para siempre…”

— Este es tu presente, el futuro no te lo puedo decir —él le dijo mientras la miraba de frente— lo único que puedes hacer es creer.
Ella lo miro de frente y le dijo:
— ¡Te amo! Mientras daba las últimas puntadas, al capullo, con hilos dorados y argentarios.
Juntos, se besaron.

Epílogo
Tal vez, esta sea la razón por la cual aquellos que se aman de verdad sienten mariposas revoloteando por su cuerpo

Demonios perfumados (del libro 33 tornillos en plenaria, por: Keshava Quintanar Cano)

A Heriberto Cruz Resendiz,
valiente hermano por adherencia



A Beto le encantaba vestir sus demonios y ponerlos en las repisas de su recámara. Cada vez que hacía un nuevo amigo o una nueva novia, los llevaba a su habitación y les decía en tono solemne:
— ¡Mira te presento a mis demonios!
— ¡Órale están de poca! —respondía el visitante, a veces con groserías o de forma cursi, dependiendo de la boquita.
— ¡Parecen alebrijes!
— Sí, pero los primeros son mis demonios de la prepa —les decía— ¡Ahora, chécate estos!
— ¡Qué chido! ¡Demonios de peluche, con trajes de marinerito y hasta perfumados! ¡Están de poca! Oye, güey, me cae que estás bien loco, pinche Beto, ¡eres todo un artista!
— Mira: éste es mi último demonio, se llama Rexor y tiene un estilo minimalista.
— ¡Sale minimalista y todo!
— Sí, ya no me gusta ponerles tanta cosa. Aparte de que es una chinga, como que ya no está inn. Tengo mis demonios barrocos, ilustrados, clásicos y hasta Avant Gard, pero ahora, en este nuevo periodo artístico, ya nada más les pongo nombre y una que otra garrita.
— ¡Estás cañon, mi hermano!
Pero Beto no sabía lo vengativos que pueden ser los demonios y que hay infiernos hasta para el mismísimo Belcebú. Pero se enteró y, con mucho dolor, cuando Legión lo enfundó en unos minúsculos calzoncitos rosas, aplastándole los testículos e inaugurándole una fea estría en el culo. Acto después, el demonio le susurró al oído:
— Ahora sí cabrón: ¡bienvenido a mi infierno! A ver qué sientes ahora que estás en mi repisa. ¡Mañana te voy a hacer mi muñeca!

Ilustraciones de Alma de Juguete por: Enrique Zaragoza

Este soy yo...

DE MI han dicho...Nació envuelto en la terrible sospecha del ser humano —él siempre quiso ser árbol, águila o imagen tras el espejo— un 13 de diciembre de 1972, en la ciudad más avasallante y más hermosa del mundo: el Distrito Federal.Desde pequeño creció con lunas en los dedos e ideas itinerantes colgando del cabello, ávido lector de tiras cómicas y de cuentos infantiles permitió a los seres mágicos, divinos y leviatanes arrullarse en su cama tras el profundo canto de las sirenas.Creció, y mientras decidía que hacer de su vida, en cada luna llena besaba las almohadas imaginando al amor de su vida. Por fin, una mañana decidió estudiar derecho, algo que le salió muy chueco porque abandonó la carrera para estudiar periodismo, dando por concluidos tales estudios en el PART, a la vez que rocanroleaba como oso en brama tras una batería.Años más tarde decidió llevar la música en sus adentros y trabajo como negro en la redacción del departamento de cultura de Radio Educación (de vez en cuando se aventaba un palomazo como productor del programa “Su casa y otros viajes”), todo esto sucedía mientras estudiaba un diplomado de Literatura y Periodismo en Casa LAMM. Las letras —aún las de pago— siempre le han perseguido, al igual que la radio, por tanto, trabajo como productor de la serie “Impulso Humano” en Radio Universidad, no sin antes pasar por la Subdirección de Logística Informativa del GDF, algunas agencias de publicidad y la coordinación de medios de IH, A.C.Por fin, el 12 de noviembre del 2005, su destino le alcanzó y se puso a escribir como secretaria ejecutiva después de una huelga, y dio a luz a varios chamacos, y con el único fin de darle de comer a su prole, actualmente se dedica al desarrollo de documentación administrativa para diferentes empresas y alguno que otro trabajo de producción en audio (es cierto, en México vivir de las letras, que no sean de pago, está de la China Hada).Por cierto, el nombre de sus chamacos son:* El eterno idilio entre las mariposas y las hormigas, 2007.* La caída de la luna, 2006. Noveleta rosa.* Alma de juguete (anhelos para el niño que nunca debiéramos olvidar), 2006. Cuentos ¿infantiles?* Egomanias y la Llantitos (cuento – lógia), 2006. Recopilación de 20 años de cuentos darkys y existenciales.La mayor parte de las veces me llaman ¡Hijo de la chingada! ¡o de tu madre!, bueno, la mía... aunque últimamente me he aficionado a ese término tan común y que sólo me sabe si proviene de sus labios y que juntos creemos es para toda la vida (chance y para algunas más).En fin, que de mi la gente puede decir todo y a la vez nada, tengo muchos nombres, lo cierto es que tengo buen corazón aunque lo disfrace de mil y un calamidades...

Rolas de la banda "Nívola_Cría Cuervos" (Quintanar/Vargas/ Cruz)