
En la noche se pueden escuchar los golpes de sus tacones salpicando hastío, en otras deseo y en las más la necesidad de vender su agujero. Hay algunas de medias negras caladas, con vestidos arriba de la rodilla, otras se conforman con el pantalón ajustado a la altura de su vulva y las caderas. Los pechos se muestran apaleados por el frío de la madrugada y los pezones se alzan furiosos, duros como monedas de veinte o viejos centavos más grandes que un peso -los tops y pequeñas blusas anudadas a la altura del ombligo no son buenos sobretodos, pero sí son anzuelos para el cliente-. En fila, siempre en hilera una a una se muestran de piel y sangre, de penas y hambres, de placeres y deseos; siempre viajeras en el tren de los desvíos... ¡Sin corretearte Papi! ¡Doscientos oral y terminas en mi boca! ¡Quinientos más el cuarto, sin prisas, una hora las veces que te vengas! Unas juegan, otras trabajan y las demás disfrutan; otras pasan la vida esperando cada madrugada sin cariño al alba. ¡Dime mi amor! ¡Muérdeme el cuello mientras termino! ¡Muévete, así, así! ¡Tócame, acaríciame como si fueras ella! Unos les llaman Cariño, Señoritas; otros Amor; los más Cachondez o Lujuria, algunos todavía Putas... Y ellas siempre están en fila al amparo de la noche: son sólo conceptos de mi ideario a la espera de prostituirse...