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martes, 28 de julio de 2009

Irreflexivo


Hoy reflexioné sobre el destino:
e imagine un hueco,
unos brazos vacíos,
un beso aletargado,
el final de la jornada,
el abismo que me precipita hacia la nada,
dos enamorados sin horizonte,
letras desgajadas, caídas, azotadas por la soledad y el olvido,
de la luna una tajada [No hay que apendejarse, no es de concreto es de queso, ¡me cae de madres que es de queso!],
el pago del peaje al arcano de la muerte,
la rueda de la vida igual a la rueda de la fortuna,
el piélago vacío sin caricias, sin olores, sin texturas,
mares de fuego, montañas derrumbadas y las ruinas de nuestro mundo chillando, como niño a horcajadas...
Hoy reflexione sobre el destino y me di cuenta que no está en mis manos ni en mi mente ni en mi cuerpo, que el hombre sólo le llama destino a aquello que quiere y se pierde en el infinito.

Enamorado del silencio


Guardo tu silencio bajo la almohada, siempre los he coleccionado por si acaso puedo abatir mi mente en el deseo de tus brazos,¡Sí, los tuyos! ¡No voltees! ¡Ni te sonrojes! ¡Sí, es a ti! ¿Cómo explicarte lo que la ausencia de sonido es para mi?
Cuando chico, sí, pues, pibe, niño, moco, guardaba silencio cuando orinaba mis pantalones, no encontraba como esconder el tremendo rio de miados que mis riñones expulsaban, Sí, lo sé, te preguntarás por qué no iba al wc, es que era muy tímido y penoso: me asustaba miar en algún baño que no fuera el de mi casa. Y mi madre, ¡pobre! Al verme quieto y sin hacer ruido, me echaba ojos inquisidores "llenos de ternura", se acercaba y muy quedo me decía: el silencio es la alarma de tus gracias.
Desde entonces decidí vivir lleno de ruido, me inventaba cientos de máquinas que golpeaban la tierra para sacarle la verdad sobre su creación, veía almas inmoladas en forma de aeroplanos y hacían ¡rrrrrrr! mientras volaban por el firmamento. Sí, así es, tienes razón: decidí guardar los silencios bajo la almohada, para que en las noches, aún con la tele prendida, no me despertaran y por ende no miara la cama.
Crecí con música en la mente, nunca con tiempos perdidos, cualquiera sabe que son silencios, al igual que los tiempos robados al compás siguiente. Mientras todos dormían yo gritaba: -¡Qué muera el silencio! -todos me odiaban- ¡No te preocupes si hay que guardar silencio, yo me lo llevo y lo escondo bajo mi almohada! Todos sabían que estaba loco, pero la verdad, acá entre nos, no lo estaba, sólo me hacía pendejo y los engañaba, yo sólo quería guardar todos los silencios para evitar mis gracias.
Y he de contarte de ellas, las gracias que hacía, porque no todo era miarme en el pantalón o en la cama, o ver cosas que los demás no veían, ¡no! De vez en cuando paraba el tiempo y hacía travesuras, besaba a escondidas, sí, todos se quedaban quietecitos mientras yo me movía, ¡gran desmadre se armaba cuando le ponía falda a mis amigos! ¡Jajajaja! ¿Sabes que también podía juntar letras? Sí, cuando la gente habla, no dice letras o se equivoca y todas esas caen en el asfalto, y las puedes recoger para hacer poemas o cuentos. Precisamente ayer me acorde de uno que hacía de niño:
Mi_ntras vu_lo y cruzo _l firmam_nto, vi_n_ un gato y m_ chupa los d_dos [perdón, no encontré la e].
Y todo iba muy bien hasta ayer que reflexioné, he guardado muchos silencios, tengo silencios solemnes, tristes, de enojo, ignorantes o letrados; por aquello de que el sabio calla, tengo enmudecimientos, hasta he guardado los tiempos perdidos de mis canciones favoritas, pero jamás he guardado unos muy especiales, son únicos, lo escuché ayer por la tele, ¡maldito poeta! Me jodió, el muy hijo de... me chin... El estúpido dijo muy tierno: "el silencio es la muerte de nuestros besos" -se sonrió- "cuando amas de verdad, el silencio es el momento entre la muerte de los besos y el nacimiento del deseo". ¡Su puta madre! Yo jamás he guardado alguno de esos y me he engañado toda la vida, si es que es cierto que mi vida comenzó hace tres años cuando te conocí, ¡Sí, por eso muero de ganas y de deseo! Y tú que no te apareces ni amas ni me extrañas, y yo que no tengo de esos silencios, que hoy precisamente me saben a algo a pesar de ser nada...

lunes, 27 de julio de 2009

Adicto (atrapado en el mundo)


Interminable la nada se despliega tras la puerta de mi cuarto, hace migas con hostigada niñez, con la crepitud de mi cuerpo, ahora sólo y ensortijado a los recuerdos de hace años, cuando todavía creía en mí, en que se podía vivir del arte, en que podía ser feliz.
La soledad camina a lo largo de mi habitación, así como ha ido desgastando, segundo a segundo, minuto a hora, la fuerza de voluntad que me mantenía vivo. ¡Estoy cansado de tanto tropezar! ¡Estoy agotado! Siempre escucho sus zapatillas golpeando el suelo y sacando chispas de mis más profundos sueños, tirados, estirados en el piso cual tapete de "Bienvenido - Welcome to my mundo". nadie lo dijo, pero la soledad es un ente con tetas y labios pintados de rojo, de mirada seductora, de grandes ojos oscuros y con una tanga que deja al descubierto sus nalgas, exactamente del tamaño de mis manos.
Recuerdo aquel día que subí al metro, todo parecía normal hasta que la vi cubierta con chal y masticando su propia dentadura, olía como huelen los muertos recien muertos:
-Tú eres especial -dijo- llevas la marca del vacío en los ojos. Recuerda todo nace de la nada, el vacío sólo es el principio. Ten esto presente, antes de que se desvanezca tu futuro.
Y se alejo, desapareció con el sonido anunciante de la próxima estación. Mientras, yo miraba desconcertado el andén, siguiendo el olor de los muertos recién muertos. Ese día todo cambio, dejé de perseguir mis demonios, dejé de alimentar mis sueños y entendí que mi soledad sólo era producto de nada, aquella que llenaba mis manos y mis bolsillos. A cada idea genial le seguía la desaparición de algo o alguien en mi realidad: "Todo lo sólido se desvanece en el aire". De esta manera perdí a mis padres, a mis amigos y justo cuando la perdí a ella, su soledad se instauró en mi cuarto, en mi casa. Y decidí no volver a pensar, no volver a escribir, prefería el peso de su soledad en mi cama y sus caricias frías, que el calor de un cuerpo que jamás fue mío. Me dejé atrapar por sus besos helados, por el sabor de su cuerpo extinto, por el dolor de hacerle el amor a alguien no vivo. ¡Carajo, no hablo de la muerte! Hablo de la soledad que me acurruca por las noches y me besa en las mañanas y me recuerda a cada instante que estoy vivo, ¡vivo! Lo que no sabe es que yo quiero estar muerto y oler como huele la carne putrefacta, y saber si hay un paraíso, si los muertos también mueren de soledad. Por eso escribo esto a sus espaldas para ver que pasa: ¡O la mato o me mato!
Haber que pasa mañana... Es que estoy cansado de estar vacío.

Dura despedida



Parece que escojo tus mentiras pintadas,
suspendidas en la espiral del tiempo,
y sólo somos las arenas de tu viejo reloj roto.
Roto por ir a contraflujo y creer en el amor de verdad,
roto y desquebrajado como mi corazón,
escurrido como mi corazón entre tus manos,
que loco y agobiado, busca porque llorar,
y no sabe si es por nosotros, no sabe si es por nosotros que estamos solos...
¡Cuántas noches dije que mi hogar eran tus brazos! Y hoy mi corazón se escapa del vacío que hay entre tus manos, se prefiere vagabundo que eternamente muerto a tu lado.
Escojo la batalla de la soledad y morir desangrado entre los prados de mi absurdo, que desvanecerme día a día entre tus labios.
Todo pasa hasta el principio que siempre está vacío: Somos principio, somos vacío.
Mil noches me regale sobre tu cuerpo, y hoy me siento violado, vencido y desvencijado, hoy estoy más viejo, menos cuerdo y lo doy todo por muerto. He traspasado la privacidad de lo nuestro haciéndolo público, y hoy ya no es tuyo y mío, es sólo suyo y jamás volverá a ser nuestro. Y prefiero no llorar ni llamarte mi casa ni regresar cansado y esperar una caricia de tus ásperas manos. Y prefiero no llorar por lo que no ha sido, sino por lo que pierdo cada momento que paso contigo, porque no me reconozco, porque sólo soy el viejo vigilante de los amores perdidos, soy el faro que guía la felicidad de mis enemigos, soy el vencido de mis guerras, soy la fortaleza de los ángeles caídos... Soy la soledad del hombre, soy la misma que adoquina y bifurca caminos, soy la despedida, soy el adiós de la vida misma...

Mi consigna sigue siendo la ausencia,
la ausencia misma que hay en el acto de amar,
no sé si a ti,
no sé si sólo es amar.
Y no es que amar sea difícil,
es que, en días, suele ser imposible,
o raro
o lejano
o taciturno
o exótico
pero más imposible.
Y no es que quiera que el amor me salve,
¿Cómo salvar un alma condenada a la ausencia?
¿Cómo salvarme si soy insalvable?
Y no es que quiera ser único,
sólo quiero ser insalvable
y recordar,
si es que alguna vez besé tus labios,
o recorrí la sinuosidad de tu cuerpo,
o te penetró mi lengua afilada al ritmo de un verso blanco,
o rosa
o negro.
Sólo quiero saber si sobre ti maldije tu cuerpo
y el placer que me entregabas,
en nuestras húmedas delicias,
en la penetración de las palabras,
en el vaivén de nuestras manos exploradoras,
en el deseo implacable,
que avasalla, nuestras caderas alevosas y encantadoras.
¡Dime te maldije!
O sólo provoqué tu ausencia
tras el improvo te amo.
¿Cómo salvarme si mi consigna es el silencio?
¿Cómo si mi consigna es la misma ausencia que hay en el acto de olvidar?

Dialéctica soledad


¿Sabías que eres la visión perfecta de mi soledad?
Y luego me pregunto por qué encuentro en mis ojos el reflejo de tu rostro... Es que eres tú, mi soledad, tan perfecta... ¡Es que eres dialéctica! Eres la síntesis de lo que no poseo, de lo que no sé, de lo que no hay, ¡es que eres ella! Mi soledad, la que me ve diario y no puede decirme cuánto me ama, porque ni siquiera lo sabe a ciencia cierta. Y no me importa que seas guerrera, que te guste la pelea, que pienses que la vida son instantes y golpes, y no me importa, juro que no, no me importa si hacemos de la cama ese campo de batalla... Sé que lo sabes, ¡eres tú!, de suaves manos, de eroticas señales, de cadera prodigiosa... ¡Eres tú y lo sabes! Adorada soledad, soledad de mis amores, de mis vacíos, de mis espasmos, de mis temores.
Eres la soledad de mis ficciones, la futurista, la que no sabe que estaremos juntos, a lo mejor mañana...¡Es que eres! Lo sé porque veo en mis ojos el reflejo de tu rostro...

La soledad es una puta maldición


Debería aplaudirle a mi soledad,
llenando el teatro de ausencias,
de paráfrasis,
de metáforas,
de hipérboles,
de ti.
Debería soñarle aclamada
y primera actriz,
puta de ligueros negros,
mujer de culo feliz,
pero artista, gran artista al fin.

Es cierto que debería tenerla
en su última ficción,
bajo el telón de su quimera,
cubierta de piel,
y bombeando tu corazón...
Te lo digo,
llenaría el teatro de tu casa
de poemas,
de humo de cigarro
de oraciones,
de alcohol,
de mota, cuentos
y de alguna maldición:
Has de ser mi soledad preferida,
causa de mi única erección...

Lo que más aplaudo es esta vieja elucubración,
ni eres mi soledad
ni soy el guía,
mucho menos tu espectador,
te lo digo sigue siendo mi ficción:
ni soy tuyo
ni eres mía
ni soy tu hombre
ni eres mi preferida,
sólo somos una desolada maldición...


Walk on (Asumir la nada)


Parafraseando a U2:
El amor no es algo fácil,
es sólo el equipaje que puedes cargar
de todo aquello que no puedes dejar atrás
…”
¿Y vale la pena vivir aquello vivido aún sabiendo que el pago es la soledad? ¿Aún con la conciencia del peaje de la Nada?
Me pregunto si alguna vez le preguntaste si tus labios sabían a nada, o si alguna vez le dijiste que el hastío sobre la piel es peor que ella, la Nada.
Yo he de confesar que diario hojeo mis fotografías, siempre las repaso en mi cabeza, hace tiempo las he roto y sólo viven en mi mente. Soy víctima de mis recuerdos, prisionero de mi No olvido.
Y también he de decirles que no puedo vivir un día a la vez, que la incertidumbre del futuro y los besos de mi pasado reciente me arrebatan la vida y me entregan a la soledad, a la nada, porque sólo, a veces, siento que ya nada queda, solo lo siento. Soy una alma vieja que decide vivir meses en vez de días.
Y de contarles mi mayor pecado: quisiera la certeza de este amor toda la vida, no sé decidir entre una película o el teatro, si he de trabajar o escribir por el resto de mis días. A veces, quisiera ser normal y que no me importe nada, sólo hoy, pero no puedo ser feliz con eso y me dedico a escribir de mi alma rebelada, de mis incontinencias, de mis salvajadas, de mis desamores y soledades. Muero por el dato exacto, el dinero justo y el placer necesario.
Odio reconocerme en tus escritos y sin embargo los leo porque saben a soledad, a nada, aquella que me envuelve cada mañana, y me despide al estúpido trabajo de salvar mi alma, y a pesar del esfuerzo siempre regreso con la cola entre las patas, más animal menos hombre, y cobarde comparto las delicias de la soledad de mi cama.
He de decirles que hace tiempo no soy yo, y sin embargo soy feliz, con todo y nada, bailando la danza de mi acompañada soledad, de las pláticas con mis muertos y mis ausentes, de mis ideas y mis hijos no nacidos y que nunca vendrán, de mi pareja que espera que me haga hombre para llevarla a su palacio de chocolate bajo las nubes de azúcar algodón.
Por eso es que hace tiempo me asumí como nada: "Todo nace de la nada y al final, nada queda" .
Me asumo pretexto de una noche, intrascedente a tu existencia, a tu vida y a mi alma. Me responsabilizo de mis palabras, de mis escritos y de aquellos secretos que ya les he contado. Me hago cargo de mi soledad, de mi nada y comparto fervientemente aquella que te hace escribir bellamente tus vivencias, tus injusticias y tus soledades.

Un cuento de verdadero amor


Mientras recorría con sus manos su tersa piel blanquecina le recitaba poemas aprendidos en su vida, y olvidados en el cuarto de su memoria. Sus dedos se hincaban al paso de las coyunturas y recordaba cada conjunción dicha: "Y si estuvieras cerca, verías lo que ven mis ojos cuando te miran. E irremediable, seguiría el estremecimiento entre mis brazos, o te sentirías dispuesta a recibir las perlas de amor que a veces tiro a los cuervos con la esperanza de tenerte". Seguía consternado el camino de cada textura impregnada en sus relieves: humedecía los labios para rozar lúbrico su seno, transpirando deseo hasta llegar a sus cumbres expuestas a la intemperie. Su respiración agitada golpeaba los pezones en una brisa exótica llena de lujuria -buscaba despertar en ella los sentimientos más dulces y robarle el alma a través de sus mamas-. Seguía a paso firme por sus muslos no sin antes restregar el pene entre sus nalgas y sentir la tensión de su bajo espalda. Se entretenía con movimientos circulares, yendo y viniendo, atrás y adelante hasta caer en hinojos de cara a su vulva, salivando como animal salvaje e implorando mientras musitaba: "Entre tus piernas el fin del mundo y el inicio de mi jornada, el Leteo y la gracia de mi memoria, el numen liberador y el albedrío de seguir viviendo; no importa si penando, o si riendo, si ahogándome de soledad en tu oquedad humedecida por las horas de tus días. De entre tus piernas la ephaedra y la piedra filosofal; la que transforma en amor la vacuidad. Sobre tu vulva el deseo vuelto carne y el destello de la luna que penetra gustoso en tu agudo ventanal". Le hablaba para borrar los estigmas de sus antiguos amantes que él le había inventado, porque ella nada le decía. Le hablaba para doblegar su mente y despertar la memoria de la carne, la quería arrodillada; no para humillarla sino para que ella enamorada bajara a su nivel: era su diosa de piel nívea, su absurda reina tirana.
Y seguía sobre su cuerpo hasta entrada la noche, acariciando y recitando, hablando; moldeando con sus manos y oraciones, su cuerpo perfecto, su mente despierta, su alma inmolada entre las letras de un terco poeta que la vestía de lunas y planetas, sólo para desnudarla después y cubrirla de metáforas y sinécdoques; para hacerle el amor y volar flotando como aeroplano vengador del ser mortal sobre su divinidad. Y seguía sobre su cuerpo mientras las estrellas desfasadas alumbraban el camino de la distancia que hay entre dos que se aman y se sueñan de ideas cortas y de poesías largas. Y seguía sobre ella para darle el calor que hay en la cara oculta del corazón donde los amantes se adoran bajo la crueldad del verdadero amor...
Siempre seguía sobre ella hasta que llegaba la luz pasada de la medianía de la noche, y la razón despertaba del letargo de su inconsciente y consternado se vestía despacio a la vez que la observaba tendida, desnuda, hambrienta, llena del deseo que él, tan humano y tan mortal jamás podría saciar. Tierno se acercaba para despedirse con un beso sobre sus labios fríos. Salía sin hacer ruido, sin romper la quietud de la noche mientras unas ideas le daban vuelta: "Si yo fuera de piedra, ¿tus manos me esculpirían a mi imagen y semejanza? ¿Sería yo el amor de tu vida?"
Triste y melancólico encendía un cigarro y caminaba para esperar el amanecer de un nuevo día, tal vez el día de cuando la piedra venga a la vida.

Dedicado a todos aquellos que inmutables crean en su mente la real fantasía de un verdadero amor.

domingo, 26 de julio de 2009

Cuento terminal


"Mientras limpiaba las plumas, veía compasivo como el mundo se caía en pedazos. Las fisuras sobre la tierra lo tragaban todo, parecía más una implosión que un grave cataclismo. El ruido era ensordecedor, la tierra ardía en movimientos desgarradores, las aguas cambiaban de curso, barriendo todo a su paso -fuese inerte o viviente-.
El cielo siempre azul se coloreaba de rojo intenso, siéndole indiferente si era por la temperatura elevada, por el magma expuesto a la atmósfera o por la sangre derramada: a la humanidad se la estaba llevando la mierda.
Y era natural, que las atrocidades de sus palabras se convirtieran en realidad; todo lo que sucedía lo había escrito ella, palabra por palabra, punto tras coma, palabra tras silencio, silencio siguiendo al silencio: todo era parte de su grito carente de esperanza.
Miles de veces le había visto de negras alas rondar por el infinito, lo seguía hasta que se escondía tras la cara vista de la luna, lo llamaba por diferentes nombres, probaba con cada uno de los encontraba escondidos entre los libros, unos fuertes y otros raros... siempre lo intentaba pero él nunca se acercaba a la distancia de un abrazo -aunque siempre le miraba extrañado y curioso-.
Ella lo veía desnudo, trasparente, podía ver sus sentimientos recorrerle por las venas... Lo había contemplado, le era familiar y le gustaba estar cerca a pesar de su cruel agonía -pero nunca lo suficientemente cerca como para tenderle una mano-.
Y hoy, esta noche, mientras él descansaba sobre la luna, había decidido acabar con todo... si no podía llamarle por su nombre, desharía todo, incluyendo el mundo que desde lejos ambos compartían. Tomó una pluma y comenzó a escribir... Un fuerte golpe estremeció la tierra y poco a poco se fue derritiendo el mundo, desapareció, se fue con el último lumen de luz: llegó el vacío y la nada existió..."

Cerró su libro, y corrió, -el ruido del timbre la había apartado de la lectura-. El corazón le palpitaba en la cabeza, y no sabía si era por la lectura o por el haber recorrido toda la casa para llegar enfrente de la jamba. Cogió el picaporte y abrió la puerta... los labios le temblaban. Ella lloraba mientras su mundo se colapsaba y resbalaba la pluma de entre sus dedos...

lunes, 20 de julio de 2009

Pretexto


La noche es la flama del deseo
que pinta tu cuerpo
de lunas,
de besos,
de caricias perdidas entre los dedos:
Y es que te amo,
aunque me coman mis palabras,
aunque el corazón reviente mi pecho,
aunque se vacíe el mundo
y sólo quede en mis ojos la imagen certera de tu cuerpo:
Lleno de texturas y de sabias liturgias,
repleto de amor y de veneno,
ese que me mantiene tan vivo como enamorado.
Y es que te amo,
por sobre todas las cosas,
pero más debajo de mi,
que hurgo despacio entre tus piernas
para encontrarme tranquilo,
ciego, amante,
herido por falta de reposo...
Y es que sólo vivo mientras sueño,
y sólo sueño al lado de tu cuerpo.
Y es sólo un pretexto para amarte de contrabando rompiendo las fronteras y los claustros,
para quedarme quieto entre las celdas de tus brazos.
Todo es un pretexto
para llevarte adentro muy adentro,
y para quedarme quieto,
celando tu sueño,
respirando los años,
llorando te amos...
Y es que todo, todo es un pretexto,
que salva los días y los malos ratos...
Todo es un pretexto,
si sí, sino,
si hoy, si siempre,
si mañana, si nunca,
si jamás... Si llega o si tal vez...
Si un beso o dos o tres,
si estoy, o voy... Si día o si toda la vida...
Por eso todo es un pretexto para decirte que si te pido que te quedes es para amarte siempre...

Loca realidad


He de callar a las bestias en mi cabeza, 
y es que tu voz no la recuerdo, 
no es que la haya olvidado, 
es que hace mucho que no hablamos... 
He de callar las furias sobre mi piel 
y apagaré cigarros hasta ver las células muertas, 
para vaciar el deseo del cual soy objeto... 
que no tuyo ni mío: 
Sólo objeto del deseo, 
de desear tus labios llenos de verdad, 
tus miradas interrogantes, 
tus caricias llenas de soledad, 
tu entrepierna vacía, 
tus orgasmos de nada... 
¿Acaso no somos los mendigos que recogen la sabiduría de la lujuria a lengüetazos sobre la piel? 
¿Acaso no somos la traición misma del amor sofocado por la tinieblas del sexo permeando al sexo? 
Somos tan humanos y tan largos, 
tan desiertos, 
con dunas en el pecho, 
con palabras cursis muertas en los llanos... 
He de callar las bestias que me torturan cuando te amo de noche, 
de madrugada, 
que me piden que te haga mía 
y te regale del universo una tajada... 
He de callar las furias 
de jamás verte, 
de no sentirte, 
de no tenerte, 
de no vivirte más allá de la bocanada de minutos que pare el día para dar entrada a la noche... 
He de callar porque me comen mis palabras, 
y repto desesperado con la lengua de fuera: 
sexo- tu cuerpo- sexo, 
¿y el amor? 
Vendrá un día o tal vez mañana, 
envuelto entre el rocío de tu vulva, 
en el calor de tu pecho de dama, 
de mujer dueña de mis furias y de mis bestias... 
Por eso prefiero callar y soñarte por encima de la nada y mi soledad... Mujer realidad.

miércoles, 15 de julio de 2009

Todo


¿Quién sabrá el lenguaje del amor sino tu cuerpo que enmudece mis palabras más amorosas?
Las deja frías después de tanto deseo,
de la entrega que hay sembrada sobre la textura de tus caricias en mi piel,
sobre la necedad de nuestra cachondez y calentura.
¿Quién diría que entre tus brazos todo cambia?
Hasta yo...
¿Quién sabría que en ti está la paz de mi alma?
De lo creo y de lo que no...
Y siempre te he amado más...
más por ti,
más por mi,
¿qué sería sin ti?
Y no es que te lo deba todo,
es que simplemente eres todo:
una mañana,
una noche,
una sonrisa,
una lágrima,
una enredadera que me desarma,
un beso de larga constancia,
la caricia de toda una vida,
una silueta...
la misma lujuria,
mi mismo deseo...
las ganas de viajar,
mi más profundo sueño...
Eres mi felicidad a tu manera,
la perfección desde tu trinchera,
la esperanza que me ciega desde noviembre,
en tu noviembre...
Sabías que las lunas más hermosas son escorpiónidas,
llenas de verdad y de celo,
llenas de silencio...
Y a mi me gusta cuando callas, pero me gusta más cuando me hablas,
y no te paran los ojos ni las manos,
y no te para el deseo ni las ganas...
ni los besos ni las caricias: Por eso me gusta cuando duermes...
te ves tan libre,
y a su vez me haces libre...
¿Quién sabrá el lenguaje del amor sino tu cuerpo que enmudece mis palabras más amorosas?
¿Quién diría que entre tus brazos todo cambia?
Y siempre te he amado más...
Y no es que te lo deba todo,
es que simplemente eres todo para mi...

lunes, 13 de julio de 2009

La seducción de la verdad



Seguí a pasos desinteresados el desenlace de la última novela de ese autor cualquiera: las metáforas son la vida vista desde otra perspectiva. Y al paso de las hojas mi cabello encanecía, pero no podía parar de leerle ni de juzgarle: sus letras encerraban una gran verdad, sólo una. 
Llegaron las noches seguidas de sus días, y mientras el angelús repiqueteaba con las andanzas entre copas de los tomadores, con los delirios dimensionados de los entes sobrenaturales y con los pujidos sonidos del rictus sexual de los amante, yo seguía leyendo, leyendo y letra a letra las arrugas hacían presencia en mi rostro. Era una relación de vanguardia yo leía sus letras y él las alimentaba con mi vida. Pero eso no era importante, lo indispensable era toda la verdad que escribía... Yo era su mayor fan y él aquel escritor que me desgarraba el alma. 
Muchas veces creí que por alguna extraña coincidencia representábamos en la realidad la Nívola de Unamuno; que yo había terminado siendo su creación y que en cualquier momento tocaría a su puerta para pedirle que no me matará, que me hiciera una vida feliz, rodeado de placeres y desvíos... pero nada; no sabía dónde vivía quien con sus letras me subyugaba -era fiel esclavo de sus parábolas salteadas, de sus poemas desgajados y de sus lágrimas vueltas palabras-. 
De pronto, al paso de las horas reparé -cual caballo desbocado-, del salvajismo que hacían sus términos en mi pensamiento; yo no era más que un ciego azuzado por las letras plagadas de la sabiduría de su ignorancia: como todo gran escritor, él era un fantástico mentiroso -me vendía la vida a mis espaldas, escogiendo al mejor postor-. intenté dejar de leerlo, pero no podía: sus falacias y quimeras valían más que mi propia vida. Si pasaba un día sin alguna de sus figuras comenzaba a temblarme el ojo derecho, la presión me subía hasta sentir que explotaba mi cabeza -era como una eyaculación de abstinencia-. "Una sinécdoque, una paráfrasis, por Dios, su antítesis de hoy; una mentira piadosa o una verdad a medias" -gritaba en mi agonía, y pasaba las noches sin pegar los ojos hasta que irremediablemente caía enfermo de ausencia y de desesperanza-. Y volvía a leerlo, hoja por hoja, envenenándome la vida y el alma, dejando todo -la última vez que intenté dejar de leerlo se me escaparon los sueños, pasé 5 días sin dormir; tuvieron que inyectarme un calmante, durante 3 días quedé tendido en la cama-. 
No había más por hacer, moriría si no le leía y terminaría muerto si seguía sus letras; o moría de inanición, abstinencia y continencia o moría de vejez prematura. He de reconocer que siempre hablaba de una verdad sexuada, cachonda, de caricias arrogantes, de venidas mayúsculas y de sus deseos de volar entre la pepa de una mujer; luego esa misma verdad era dulce, tiernísima, casi cursi; se proyectaba en un mundo de magia e irreverencia, de besos prolongados, manos sudadas, de sentimientos recatados; otras veces, era letárgico y violento, espeso, difícil hasta para con el mismo, sangraba, lloraba, se quejaba como niña de vestidos rosas y azules; se volvía andrógino y miraba a la gente desnuda, le conocía tras mirar su osamenta y escrutar los signos de su piel... era un cabrón, en veces un amor luego bestial; parecía bipolar, pero no: el muy culero sabía lo que hacía, y lo hacía muy bien... 
En mi librero podía encontrar su colección: Veinte mil lenguas sobre una vagina (retórica sobre la teoría de despegar los pies mientras se hace el amor), El soldadito con plomo ( 1000 formas de matar al amor), Los vasos perdidos ( o el idilio de un alcohólico), Neblina (el amor es irracionalmente ciego), El Quijote derretido (cómo seducir y romperle la estructura a cualquiera), El benfo sublime (recopilación de poesía amorosa), Un amor, una vida (histórica reseña del amor de una vida); y su obra principal: Vacuom (Síntesis de la soledad del amor, del ser y la nada). 
No podía entender por qué le leía... por qué lo leí... pero estaba condenado hasta el último día de mi vida... era su lector y el alimento de su obra: él me quitaría la vida. 

Epílogo 
- Míralo, pobre loco -dijo al nuevo enfermero- se la pasa leyendo los mismos libros. 
- ¡Eso no es una locura! 
- Lo es: él fue quien escribió esos libracos... 
- ¿Una obsesión? 
- No una imposibilidad. 

El nuevo enfermero no entendió, lleno de curiosidad espero a que durmieran todos en el manicomio y se acercó al estante de los libros y cogió aquellos que el loco no podía dejar de leer, abrió uno, y tenía la misma frase escrita ad libitum, una tras otra vez, una tras otra; tomó otro libro del estante y la misma frase se repetía hasta poblar las 2000 hojas del volumen. Desesperado abrió cada uno de aquellos y en todos sucedía igual; la única frase escrita era: "vive tu vida como si fuera el último instante". 
Salió desconcertado, se metió a la regadera, pensaba en lo extraño de aquel caso... Al peinarse notó un mechón de canas y sobre su maleta un volumen que decía: Vacuom.

jueves, 9 de julio de 2009

La vía de la inspiración


Él siempre se tendía a mirar las estrellas en la vía del tren de Alameda; se sentía otro, le parecía fantástico soñar despierto sobre los durmientes. Él palpitaba a la par de sus anhelos y su imaginación, miles de veces se había pensado águila liberta, o moneda manoseada, o lámpara que alumbraba las letras leídas por otro, y desperdigadas por algún poeta muerto. Sus ilusiones le mataban a diario, le evocaban las viejas palabras de un amigo: "Nadie nos advirtió que vivir doliera tanto".

Pero todo desaparecía cuando acostado sobre los rieles dejaba su mente volar de un lado a otro, se imaginaba el guardagujas de los trenes del sino -de seguro lo había leído en algún lado-, creía firmemente que esas vías llegaban a ningún lado y que cada viajero seguía por error, desmadre o una profunda consciencia el camino de su destino -por eso le aterraba comprar los boletos en la terminal, siempre esperaba que al comprar los boletos para Chile o Buenos Aires alguien le entregaría los ticketes de su propio destino-. Por eso miraba las estrellas, sabía que su destino estaba por ellas resguardado, en algún lugar del cosmos, escondido en la esquina de la vía láctea. Su amigo siempre había tenido la razón: "Sólo un estúpido sueña con las estrellas, y un hombre se hace su lugar en ellas".

Le encantaba escuchar el sonido de la locomotora colándose entre los fragmentos de tierra, ese sonido le sonaba como su corazón, siempre de prisa, lleno de desasosiego y a la vez de esperanza. Siempre percibía el acercarse del tren por esas vibraciones, y su cuerpo temblaba, se movía en sus entrañas hasta despertar instintos muertos, evocaciones e ingenuidades; y esperaba al último momento para verle pasar de lado, cerca de su cara. Por alguna extraña circunstancia su vida estaba ligada a esas vías -y nada tenía que ver que viviera cerca, a una veintena de cuadras-, era su terapia, su guarida, su salida. Llegaba cada noche con la mente abotagada, llena de problemas y de inconstancias; y después de ver pasar el tren se cargaba miles de historias en su mente, en la bolsa de los pantalones, en cada punta del cabello hasta en su espalda. Desesperado llegaba a guardarlas sobre viejos papeles amarillos -antes blancos, con la edad todos cambiamos de color como de calzones o costumbres-,  y las lunas de sus dedos se encendían en cuartos de letra, oraciones llenas y menguantes hasta dejar plasmada sus vivencias a través de cada vagón con destino cierto e incierto a la vez. Así fue como supo de las viejas historias que sólo son heredadas al que guarda las vías y los durmientes, supo de los viejos idilios como el de las mariposas y las hormigas: 


(… Hay marcas indestructibles aún para el tiempo, y en sus vidas siempre ha existido la eterna búsqueda. A finales del siglo XIX, viajaron juntos por la red ferroviaria de Alameda, durante el trayecto, ella leía sobre la química del amor y de sus apreciaciones tanto poéticas como científicas. Se preguntaba cómo era posible que en todas las culturas aparecieran las mariposas como símbolo del enamoramiento, hacía conjeturas, pensaba que tal reflexión tenía su base en la observación de la metamorfosis que sufría tan admirable insecto, o con la sensación que producía el caminar entre cientos de ellas. Anotaba para su proyecto de tesis. Tan inmersa estaba en su trabajo que no se percató que era objeto del deleite visual de uno de sus compañeros de viaje, que absorto, se perdía en las miles de figuras formadas por los pliegues de su cuello y el nacimiento de sus senos.


Él imaginaba que en el pecho de ella había un mensaje escrito, que sus pecas y lunares formaban una hilera de hormigas trabajando en alguna herida de su corazón, veía con ilusión como el escote se movía a la par del golpeteo de las ruedas sobre los durmientes de la vía. Veía la imagen de cada una de esas vigas soñando despiertas y dibujando en ese apartado la silueta de esa mujer que le parecía hermosa e interesante. Ella continuaba anotando sobre dibujos de diferentes mariposas. Un movimiento brusco le hizo alzar la vista y por un momento reparo en aquel hombre de labios carnosos y manos amplias que se movían con fluidez sobre el papel, ella podía sentir la caricia del carboncillo sobre el papel y, por un segundo, deseó fundirse entre las manos de aquel extraño y el papel. El anuncio de la próxima estación lo puso de pie para recoger su maletín. Ella se preguntaba si el amor podía comenzar como una suave brisa sobre el rostro. El ferrocarril se detuvo y aquel hombre salió del compartimiento número 3 cargando su abrigo y el maletín. Ella sentía vibrar su cuerpo. Se abrazó. Al bajar la vista percibió el papel abandonado por su compañero de viaje, lo tomó y se levantó de prisa para tratar de alcanzarlo:

— ¡Oiga, espere! ¡Espere!

Recorrió el pasillo y junto a la puerta abierta experimentó el movimiento del vagón, se acercó a la orilla de la escalerilla y vio sobre el andén a ese hombre que palideció al mirar, fugazmente, la profundidad de esos hermosos ojos cafés. Ella extendía el papel con su mano. Demasiado tarde. Él se quedó congelado sobre el andén y ella caminó cabizbaja hasta su lugar, no entendía aquello que se había sucedido, en especial esa desesperación por verle una vez más.


Una vez en su asiento leyó el papel que decía:

Ella es como un sueño de este tren viajero y vagabundo, sobre su pecho hay un sendero que recorre una fila de hormigas y estoy seguro lleva a su corazón. Por un pequeño lapso desearía recorrer tal camino y saber de que esta hecha, a lo mejor allí adentro hay un poco de amor…


Ella continuó su viaje que le llevaba a Alemania. Sus anotaciones sirvieron años después para encontrar a las mensajeras del amor, las feromonas... )


Algunas cosas le parecían muy raras y más después de terminar de escribirlas, pero entendía que por alguna razón aparecían en relación con el tren de sus sueños despiertos, y que por alguna razón los escribía, dejando de lado aún su propia vida, como en aquella relación de paciencia y espera:


( ... Él se despertó una mañana y corrió a sentarse en la única banca de la estación ferroviaria, tranquilo miró pasar los vagones y los paseantes, el caminar ondulante de las maletas y las decidías de los viajes de negocios. Observó los abrazos largos y los besos de despedida, los detalló en su mente, guardó con cuidado los detalles de la ropa y las últimas caricias de los amantes -de los furtivos y de los que pagan peaje-. Sacó una libreta y apuntó los horarios y destinos, aprendió de memoria los detalles. Dejó pasarlas horas mientras comía una chapata de serrano y judías. Al cierre de estación, se levantó con calma y fue a casa.

Al llegar la mañana, ya estaba dispuesto sobre la banca, siempre atento,  no dejaba de observar ningún detalle, no perdía un segundo sin saber lo que ocurría desde la compra del boleto hasta la espera en el andén era escudriñados, y sólo los momentos relevantes los anotaba en el papel y lo demás lo confiaba a su memoria. Día a día se iba y volvía para sentarse en aquella banca. Extrañados los trabajadores de la estación le veían como parte del paisaje de la estación y si alguien le preguntaba qué hacía solo respondía: "Espero un sueño".

Las horas pasaron, siguiendo el paso de los días, esto a su vez de las estaciones; y tras las primaveras se escaparon los años, y él esperaba sentado pacientemente a que apareciera su sueño. Poco a poco la oxidación producida por la vida fue tiñendo su pelo negro de blanco, y cada vez le era más difícil llegar a la estación o levantarse de su amada banca, de verdad ahora era parte de la vida ferroviaria, y todos habían llegado a quererle por sus buenas costumbres y gestos -cuando el choque del '45 había arriesgado su vida entrando por entre los fierros retorcidos para salvar a muchas personas, y en la ocasión en que Liborio, el guardagujas cayó desmayado por insuficiencia de insulina, él corrió para hacer el cambio de vías salvando la estación y parte de la ciudad: uno de los vagones venía cargado de explosivos para las obras del Río de la Plata-.

Al cierre de un 13 de diciembre de 1972, el vigía se acercó para despertarle, el ahora anciano hacía horas que había quedado dormido recargado sobre la banca; al azuzarlo se percató de la dulce sonrisa que mostraba su rostro: "Vamos despierte es hora de cerrar". Él estaba muerto. Llegó la ambulancia y el ministerio público para dar fe del hecho, y al momento de levantar el acta preguntó si debía redactar que el hombre murió esperando un sueño, al que le respondió el vigía: "Sólo que se refiera al sueño de la eternidad").


Una mañana de lunes, después de haber pasado casi toda la noche escribiendo, se despertó y preparó su desayuno; corrió por el periódico tenía la costumbre de leer mientras comía, camino despacio hasta sentarse en su única silla frente al único tablón que le servía de mesa, tomó el jugo de naranja tranquilo hasta desdoblar El Jornal, no pudo evitar soltar una lágrima cuando leyó a ocho columnas: VIERNES: ÚLTIMO VIAJE DEL TREN DE PARAJE. No podía creer lo que leía su locomotora inspiradora sería dada de baja por el uso del carromato suburbano. Se vistió como pudo y caminó hasta la estación, se sobre puso a su miedo y compró su boleto para la corrida terminal. Fue corriendo a su trabajo y pidió a su jefe lo corriera bajo la promesa de aceptar cualquier liquidación, y con la única condición que le fuera entregada de inmediato -alegó un grave problema familiar por el cual debía cambiar de residencia-. Su jefe se compadeció de él y aceptó. Los próximos días remató sus pocas pertenencias con el único fin de llevar efectivo para el viaje. Sus amigos aprovecharon la necesidad para hacerse de buenos compactos y libros; y él sentía que todo lo perdía; pero debía viajar.


Al llegar a estación del tren se sintió estúpido siguiendo sus instintos y arrebatos, pero ya todo estaba listo para su viaje sin razón... Se detuvo por un momento y observó  los abrazos largos y los besos de despedida, los detalló en su mente, guardó con cuidado los detalles de la ropa y las últimas caricias de los amantes -de los furtivos y de los que pagan peaje-. Miró tras los ventanales y pudo ver a unos niños moviendo la mano en señal de adiós, y recordó el viaje donde su padre perdió la vida; una lágrima cayó por su mejilla hasta dejar la marca sobre el andén. Estaba en sus cavilaciones cuando se percató de aquel viejo anciano sentado sobre la única banca de la estación.

"Llego el momento de abordar".

Escuchó, cogió su morral y dio los primeros pasos en el vagón de segunda, mentalmente se despedía de sus viejos durmientes, de sus sueños nocturnos y de sus historias chaladas, de está que durante años había sido su única salida -sin ellos se habría vuelto loco o un cualquiera-, le costaba trabajo respirar y aspirar a un futuro mejor. Bajó la mirada y durmió unas horas. Al despertar sus ojos fueron recibido por la sonrisa de su compañera de viaje:

- ¿Hacía dónde vas? -le preguntó risueña.

- Hasta el final -respondió limpiándose las lagañas de los ojos.

- Yo también.

Él la miró y pudo ver las pecas y lunares nacientes de su pecho como si fueran una fila de hormigas llevando un mensaje escrito que sólo era visible para él.

- ¿Vas a trabajar o de visita?

- Voy de espera -dijo sonriendo.

- ¿De espera? - replicó extrañada.

- Sí, de espera de un sueño. 

Ambos rieron, y él entendió que la inspiración siempre llega de maneras poco ordinarias.


Epílogo

El mensaje que sólo él podía leer decía: "Necesito que tú me ames".

Quimérico estado


Anoche descifre los paradigmas y esbozos de mi locura, entre los ruidos angustiosos de las almas en pena de los viejos enamorados, de aquellos que deshacían el amor entre sus manos hasta volverlo líquido almibarado. 
Anoche descubrí que merezco las caricias más profundas y soñadas, internas, lo suficientemente valientes para hurgar en mis entrañas, curiosas para ver el bombeo de este corazón de hierro fundido, batido entre la soledad y el dolor de ir creciendo -uno nunca es lo bastante viejo para dejarlo de hacer-. Y las merezco no por ser bueno, sino por ser sólo yo; él que ríe y se pierde en la ingenuidad de esta existencia de tinieblas cargada. 
Y lo descubrí con la fuerza de las grandes eurekas, con el temblor de la tierra que sostiene mis pisadas, lo supe como se sabe la vida al respirarla. Así fue, sólo destape las ganas de decirte, de pelearte la necesidad de seguir haciendo de este el amor más grande, nuestro único amor de madrugada... ¿Crees que vivimos todo para que seamos igual, para que se nos muera el alma enamorada? ¿Debemos ceñirnos al cruel destino de los grandes idilios? Recuerda que o se mueren, o dejan morir al amor -irreflexivamente eso sería ser cualquiera, hacer un amor de cualquieras, de los que se rinden ante la dura batalla de creer que debe ser así-. 
Abrí el cofre de lo que nunca decía, de lo que callaba, la fiel teca de mi melancolía: no soy cualquiera; tal vez sólo un cualquiera con hambre de vida y una vida de sueños - y siempre eres la del asiento reservado, la única de primera fila, la indispensable para la travesía y mi épica monotonía-. 
Quimérico: No tengo nada y sólo pido aquello que no cuesta: la elocuencia poética de tus benfos tibios, la tibieza de tus brazos, la textura de tu cuerpo; sólo merezco la entrega de tus durezas y tristezas, el derecho a romper tu vieja guardia, para escalar los muros de tus congojas selladas a ultranza... 
y te amo profundamente, como se ama con desesperación la vida que se escapa día con día, lo siento como la piel expuesta a la tibieza de cada mañana, lo sé como se sabe lo evocado en cada vida y que a pesar de la muerte se mantiene bajo la luz de la razón... y te amo tan profundamente como sólo lo sé yo.

miércoles, 8 de julio de 2009

Hablando de cursilería


Muchos dirían con el afán de llegar a tu corazón: "¿Cuántos libros y poemas he leído mientras he pensado en ti?". Yo no podría montar mis sentimientos sobre un espejismo cruel, sobre la cursilería de algún desconocido; yo no podría. Y es que las argucias para enamorar suelen ser irritables, atentan contra la inteligencia, salvo que pequen de astutas y se filtren con cuidado en la realidad: no hay mejor manera de entrar en las piernas de una mujer que sólo abriendo primero las puertas de su mente. Luego hasta se puede caer en la retórica de aquellas; las divinas ridículas, las amorosas, las atesoradas en la caja de las falacias, las hundidas en el eterno pendejismo de la querencia. Claro, si sólo son palabras de amor que endulzan los sentidos y recorren abiertamente el piélago de tu continente escondido, que agazapadas tras el inconsciente se convierten en el lazo invisible que nos une y en la cárcel de nuestro libre albedrío. ¡Qué no hablo de libertad! Siendo esa la paradoja del amor inteligente: sólo se es libre cuando en verdad se pertenece. Y en el rictus mismo del dolor se aprende el amor al otro, que perdido en sus convicciones y en su histéresis, jamás dejará de ser la otredad fundida en su propia entidad -si dejara de ser tu otredad, dejarías de amarle por ser otro diferente-. ¿Quién cambiaría su reino por una sonrisa si no es un idiota enamorado? ¿Quién recorrería en hinojos tus pies, sellando cada paso en tu existencia con un beso? ¿Cómo explicarías que se vaya la felicidad si no le tienes enfrente? Acaso es necesario sellar las promesas y hablar la misma lengua para entender la vaguedad de los sentimientos que vertidos en el cuerpo se convierten en una maravillosa sin razón y en el exquisito sin sentido -siempre me he preguntado por los sabores que olvidamos, por las nubes que limpiamos en el cielo con un ademán de tristeza o de desdén, por los orgasmos perdidos en este largo camino-. Tal vez sea que el amor es sutil, tanto que puede hacerse el desaparecido con un simple soplo emanado de tu boca cual palabra sanguinaria o puede ser aspirado tras el fuelle del oxígeno que nos mantiene vivos. A lo mejor y por eso es tan ridículo o tan estúpido o tan necesario o tan divino. Y es que el sentimiento es una prisión cargada en el pecho, es el lastre de nuestros bajos instintos, es la enfermedad misma; es la tierra prometida en el éxodo de la vida. Y no es de pensarse, es sólo de reconocerse y evocar los destellos de las evocaciones guardadas en la memoria de la piel, es de saberse los caminos prohibidos de tu deseo, es probarse en el deguste de tu cuerpo prendido, en la savia de tus entrañas y en el néctar de tus labios nido de parábolas y de algunas maldiciones... es probarse a uno mismo que se esta en el lugar y en el momento preciso. Puede ser que todo sólo sea compartirse, llenarse de entrega, de guardarse de todo mal, de comprar los boletos sin destino, de cargar con el equipaje de alguien más... ¡Y no hablo de alguien más! Hablo de ti que te olvidas de nosotros y te encierras en silencio. Hablo de ti, significado y significante, duermiente y vía, tren y viaje, de ti que cierras el equipaje bajo llave, que amaneces de buenas y te tiras la desgracia como la sal tras la espalda, dejando la sonrisa para mejor paraje... Hablo de ti miedosa irreverente que por miedo a pertenecer te escudas tras la puerta de lo no tan necesario, de aquello propio, del amor mesurado... ¿Quién me podría decir que al entrar en tu mente, y cruzar el umbral de tu entrepierna cambiaría mi vida? Por eso es que yo no he leído libros mientras pensaba en ti, sólo los usé para aprenderte, para saberte, para gozarte, para reconocerte si es que llegase a encontrarte. Y escondí las letras y los poemas de aquellos, para no insultar tu inteligencia, y para amarte sin palabras bellas, sólo con palabras mías...

martes, 7 de julio de 2009

Mira


¡Mira bien! Mira si la felicidad se escapa de tus manos... si somos sólo los peones de un juego, si somos la carne de cañón en una batalla donde el vencido es sólo, sólo el amor. Mira, estira tu brazo y señala el horizonte y verás los restos de otros. Sí, de los otros caídos con la cera derretida de sus alas; observa hacia el cielo y calla las centellas de la presión, verás plumas encantadas de aquellos, los otros que al igual que tú y yo decidieron volar en pos de un frágil sueño...
¡Mira bien! Ve los pasos perdidos de nuestra marcha, seguidos de los momentos y los segundos desvariados de la fiebre helada en nuestros cuerpos. Ve la nada como se traga todo, y tú y yo no tenemos nada que perder: sólo a nosotros.
Mira bien, si volando tras nuestro sueño te guardaste las palabras y los sentimientos, y yo atesoré el miedo, y a pesar de estar juntos nos guardamos de dentro del si de cada uno... y nos callamos para no hacernos daño; amordazando para siempre este amor de vía rápida, de contrastes... Mira bien, y dime qué ves -si es que el sol de esta vida diaria no ha secado tus ojos-. Mira bien y dime si lo que ves es aquello que sientes o es un reflejo más de esta realidad; ve bien y dime si soy yo lo que amas... Mira bien, que soy sólo un hombre acompañado de su niño.
Estira tu mano y dime si callando estás bien, si las barreras de tu independencia son necesarias, si los muros son parte de estas ruinas que hemos hecho los dos...
Dime si te juzgo si sólo invento si viene la razón oculta entre mis labios, como las verdades nos rodean hasta hacernos temblar, porque aquello que hoy vivimos no ha de regresar, no volverá ni igual ni de la misma manera... dime si vale la pena callar, si debemos seguir encerrados en el si de cada cual... dime si ves que me figuro que me amas, si soy el que te ama como desearías ser amada... ¡Mira bien que sólo hay punto de partida!

lunes, 6 de julio de 2009

La paradoja de una dulce vida

Imagen modificada de http://vailima.blogia.com


Hoy aprendí que las agujas del reloj nunca dan contra marcha, en especial si se dan pasos para sobre pasar las barreras de la vida. Hoy aprendí lo inherente del juego del amor, y que los dulces son sólo para recrear el cuerpo pero no el espíritu -a pesar de su excitante sabor-. ¡Qué decir, si sólo soy un niño recreándome entre tus brazos y soñando despierto con los cambios de este mundo! Si sólo paso la vida como se traga un bocado almibarado, si creo que la mañana sólo es el descanso de la noche. Hoy te vi mujer dormida, adolescente despierta, niña con los problemas encima; y no es que no sepas afrontarlos, es que siempre te es difícil hablarlos... mi mujer de risas floridas, de caricias térmicas -siempre se refleja lo que sientes en tu piel-, mi niña con el corazón partido, la amante prometida entre nubes y problemas cotidianos -juro que no quiero que te lleven los extraterrestres, me quedaría solo de verdad-. Hoy aprendí que las palabras son un juego que sólo juegan los mayores, los que persiguen la vida día con día, y yo yo sólo soy un pequeño tirando bolas de helado en la calle, besos soñados con sabor a sugus, caricias seguidas de salvavidas multicolores... y es que sigo pensando que la vida empieza entre tus labios y con un "buenos días". Hoy me fingí tranquilo viendo lo que menos puedo y la poca gran ayuda que soy, te observé desnuda alimentando sólo el cuerpo y dejando el alma para después -¿quién hay que quiera sólo cuerpo y se olvidé de la promesa de encontrarse cuando muertos otra vez-. ¿Y yo?, no pude arrancarte la sonrisa ni llevarte al paraíso; hoy mis manos sólo son la oferta -y tal vez no la mejor-, de un futuro -si es que lo hay-, incierto, incierto y superfluo... ¿Quién hay que quiera la vida si no se deshace en la boca dejando un dulce sabor? Hoy aprendí que el tiempo nunca va hacia atrás, que las sensaciones no son iguales, que sólo creemos que se duplican... el diario devenir puede dejar en ruinas los castillos, desaparecer las nubes, llevarse los años y los senimientos... Hoy aprendí, que siendo sólo un niño necesitas tu espacio para la adulto, y que yo siendo un adulto siempre necesito la despreocupación del niño... ¿Quién hay que no quiera dejar que la vida vuele libre como el algodón de azúcar por el aire, después de girar vertiginosamente? Y me pregunto si de verdad tu felicidad puede ser moldeada entre mis manos, -y eso, si son mis manos-.


viernes, 3 de julio de 2009

Memoria futura (esta tarde)


La tarde se desvanece y voy siguiendo las huellas de tus besos recorriendo mi pecho. Sí, de aquellos que hoy no llegarán sino como promesa, como sueño en la dulce impaciencia de mi cuerpo que se estanca en la vigilia del deseo. De ese que nace impulsado por el viento de tu vientre, por la brisa que espesa seductora entre tus piernas hasta señalar el sendero del destino: hurgar incansable tu tierra con mi boca llena de poemas, haciendo el intento de hilvanar sentimientos en el pelo crespo de tus jardines, esperando sembrar la simple idea de nuestro futuro juntos.
Esta tarde se debate en su agonía ni tan sola ni tan triste, se muere con la llegada de la noche esperanzadora, gentil a los anhelos y a las ganas de nosotros; llenos de argucias y de tretas para robarle instantes al tiempo y a la existencia, momentos tecnicolor de la querencia de estar juntos vigilando la respiración de cada uno, de esos, de aquellos que comparten el abrigo, la cama, y por días el sustento necesario de los brazos en los crepúsculos grises. De los otros que somos en cada bienvenida al amor...
Esta tarde se desliza tras los regaños y la ojeriza del mediodía, siguiendo nuestros pasos en esta vida, las escapadas de noche de nuestras almas; pernoctas; origen de cada recorrido alevoso por nuestro cuerpo, rompiendo aún el mismo espacio, gaurdando los segundos, generando nuestro tiempo... tiempo de noches solas, de estrellas apagadas, de lunas sentadas, de iniciar el viaje por esta soledad que no me hace sentir solo. Y es que esta tarde parpadea en el recuerdo de todos los momentos que no hemos vivido, en la memoria de un presente echando una mirada al futuro; un porvenir donde habitemos nuestra propia insoportable levedad del ser y la pintemos con pasteles, y le cantemos serenata, y le compremos una piñata; porque a pesar de ser insoportable sea sólo más llevable si la platicamos mientras dormimos o tendemos la cama.
Esta tarde se extingue en sus pasiones, en sus alborotos, se va pero no se olvida de cuando con tus dedos firmabas mi piel ni de tu rostro sobre mi pecho... ni de las nubes, ni de esos largos encerrones de orgasmos ni de nuestros cuerpos agotados... Esta tarde se larga y jamás regresará, su resaca se transformará en noche, y yo seguiré evocando nuestro futuro y cuánto de verdad te amo...

Ilustraciones de Alma de Juguete por: Enrique Zaragoza

Este soy yo...

DE MI han dicho...Nació envuelto en la terrible sospecha del ser humano —él siempre quiso ser árbol, águila o imagen tras el espejo— un 13 de diciembre de 1972, en la ciudad más avasallante y más hermosa del mundo: el Distrito Federal.Desde pequeño creció con lunas en los dedos e ideas itinerantes colgando del cabello, ávido lector de tiras cómicas y de cuentos infantiles permitió a los seres mágicos, divinos y leviatanes arrullarse en su cama tras el profundo canto de las sirenas.Creció, y mientras decidía que hacer de su vida, en cada luna llena besaba las almohadas imaginando al amor de su vida. Por fin, una mañana decidió estudiar derecho, algo que le salió muy chueco porque abandonó la carrera para estudiar periodismo, dando por concluidos tales estudios en el PART, a la vez que rocanroleaba como oso en brama tras una batería.Años más tarde decidió llevar la música en sus adentros y trabajo como negro en la redacción del departamento de cultura de Radio Educación (de vez en cuando se aventaba un palomazo como productor del programa “Su casa y otros viajes”), todo esto sucedía mientras estudiaba un diplomado de Literatura y Periodismo en Casa LAMM. Las letras —aún las de pago— siempre le han perseguido, al igual que la radio, por tanto, trabajo como productor de la serie “Impulso Humano” en Radio Universidad, no sin antes pasar por la Subdirección de Logística Informativa del GDF, algunas agencias de publicidad y la coordinación de medios de IH, A.C.Por fin, el 12 de noviembre del 2005, su destino le alcanzó y se puso a escribir como secretaria ejecutiva después de una huelga, y dio a luz a varios chamacos, y con el único fin de darle de comer a su prole, actualmente se dedica al desarrollo de documentación administrativa para diferentes empresas y alguno que otro trabajo de producción en audio (es cierto, en México vivir de las letras, que no sean de pago, está de la China Hada).Por cierto, el nombre de sus chamacos son:* El eterno idilio entre las mariposas y las hormigas, 2007.* La caída de la luna, 2006. Noveleta rosa.* Alma de juguete (anhelos para el niño que nunca debiéramos olvidar), 2006. Cuentos ¿infantiles?* Egomanias y la Llantitos (cuento – lógia), 2006. Recopilación de 20 años de cuentos darkys y existenciales.La mayor parte de las veces me llaman ¡Hijo de la chingada! ¡o de tu madre!, bueno, la mía... aunque últimamente me he aficionado a ese término tan común y que sólo me sabe si proviene de sus labios y que juntos creemos es para toda la vida (chance y para algunas más).En fin, que de mi la gente puede decir todo y a la vez nada, tengo muchos nombres, lo cierto es que tengo buen corazón aunque lo disfrace de mil y un calamidades...

Rolas de la banda "Nívola_Cría Cuervos" (Quintanar/Vargas/ Cruz)