
Si tan sólo la noche guardara en su rincón secreto todos los momentos que incansables se agolpan en mi mente. Si la luna fuera en verdad el foco que alumbra las ideas y el sendero que ha de ser pisado... Si lo fuera... Pero no lo es, el golpe de lo vivido siempre es certero, y los recuerdos más...
Cuántas noches de vigilia alumbradas por las parafinas de la vida de aquellos de los cuales me he ido alimentando, no he dejado ni un resto, no he dejado algo, sólo la vela que prendo cada noche en honor al caído entre mis fauces. Y es un hecho, el hombre se alimenta del hombre para sobrevivir. Poco a poco se va uno tragando al otro hasta que no queda nada de aquel que fue, ni nosotros somos los mismos. Siguiendo al pie de la letra la leyenda absorbemos parte del alma mientras nuestros ácidos desprenden las proteínas de la carne deglutida: ¿Cuántos han caído para llenar este cuaderno de poesías?
Y es que las ideas se muerden mientras la substancia, el hito vital se va desprendiendo, cual espectro del cuerpo inherme, desvanecido, cargado de adrenalina en el murmullo silente de la muerte.
Me cuestiono incansable si es necesario matar a sangre fría a mis congéneres para apropiarme de sus ideas, pero esta maldita obsesión no me suelta, se metido en mis carnes como la púa que es. Maldita sensación de escribir mis letras con tinta sangre, con el sabor del miedo entre líneas, con el ocaso del ser humano en cada punto final, y el corazón latiendo perenne entre mis manos, chorreando el carmín que entinta el piso donde se halla el baúl de mis letras. ¿Quién eres tú para nombrarme si también tienes las manos llenas de letras y la marca de la estirpe del asesino? ¿No llenas tus cuadernos con las líneas de tus fechorías?
Cuántos rostros vuelan en el espacio de la noche, revoloteando en mi cabeza para llenar de vida mis personajes... lo sé, suena a locura... es una locura.
Recuerdo aquella mujer de blanco talante, casi transparente, platina diría yo. Caminaba apurada entre las jardineras de la calle de Motolinía, su negra cabellera golpeaba el vacío, mientras la luz de las farolas dejaba ver su rostro de facciones finas, que contornoeaban los detalles: su boca de labios anchos, encomiables, besables, rojos como la cereza procesada, casi olían al almibar y a la dulzura que sus palabras, encerradas entre sus dientes, eran capaces de ofrecer.
Caminaba apurada, moviendo la cadera de un lado a otro, sus nalgas se derretían en movimientos sensuales, y sus piernas torneadas ondulaban la bandera de una sexualidad satisfecha, ¡cogía delicioso esa era una realidad!
La vi acercarse... no sabía si enamorarme de ella, si hablarle de las cosas bellas de la vida, si dejar que mis manos torpes intentaran seducirla, si ofrecerle mi brazo, si matarla.
Tres horas después yacía sobre su cuerpo desnudo, sus tetas lechosas se bañaban con los hilos de sangre provocados por el desgarre de sus labios -llevaba un rato masticando un trozo de su belfo superior-. Quería arrancarle sus palabras dulces, para llenarle los oídos de amor... Mis manos tocaban su cuerpo, una y mil veces, deteniéndose en la sombra de su valle... Jamás he visto extrema blancura como en esa noche cuando la luz de la luna se reflejó sobre su cuerpo plata, casi transparente...